27 feb. 2011

Desgarro

A veces siento un profundo desgarro en mi ser, entre un yo que vive acuciado por la idea de que le falta tiempo para hacer todo lo que le gustaría, a la par que oculta su deseo un tanto vanidoso de ser visto y apreciado; y una voz interior que me invita a relajarme, a no hacer nada. Al menos nada que no surja del instante, nada que suponga una carga insostenible, nada que no sea un fluir sencillo con lo que es. Mi yo tira de mi hacia muchos lados, inconsciente de sus limitaciones, de su finitud, y me apremia con la embriagante melodía de que el mundo me necesita y quiere escuchar mi voz, en realidad su voz. Como resultado, mi corazón se pone a palpitar veloz mientras mi cuerpo se estremece y grita silencioso su hambre de reposo. Desde dentro, la voz de sabiduría me recuerda, respira, simplemente respira, lenta y profundamente. Cuando ya la calma se instala en mis células y la tensión disminuye, una idea me golpea con fuerza, una idea muchas veces oída y que ahora adquiere todo su sentido: una voz violenta transmite sobre todo violencia; una voz enojada, enojo; una voz estresada, estrés. Entonces me pregunto: ¿es eso lo que quiero aportar al mundo, estrés adornado con hermosas palabras de cambio? ¿De qué sirve tanta actividad, tanta propuesta, tanto hacer, si más allá de palabras y hechos, el campo emocional de la humanidad se llena de violencia, rabia o estrés? Y me desgarro, entre un yo que, tal vez un tanto vanidoso, se quiere dar completamente al mundo, y una voz interior que me dice, para. Y respira.