3 mar. 2012

Una historia de pueblo

Cuando llegué a Artosilla en el año 2000, con la intención de contribuir a transformar esta pequeña aldea, apenas habitada por una docena de personas, en una ecoaldea —al menos eso es lo que había hablado con algunos de los habitantes y por eso en 1999 habíamos organizado en el pueblo el II Encuentro de la Red Ibérica de Ecoaldeas—, no podía imaginarme que me iba a encontrar con gente tan curiosa y variopinta. Había mucha más diversidad en esas 12 personas que en la mayoría de cursos que hago. En el devenir de los días me encontré con personajes (roles) que no solamente no era capaz de entender, sino que tampoco tenía herramientas para evitar que me hicieran daño. Y me lo hicieron, claro. Esta es la historia de uno de ellos.
Desde chiquito he vivido con angustia la injusticia. Con 17 años lloraba amargamente cuando escuchaba las canciones de Victor Jara, Violeta Parra o el mismo Labordeta. No podía entender cómo la gente podía actuar de manera tan injusta, y tan insensible al daño que podían hacer a otras personas (de hecho, esta incomprensión ha sido un gran límite en mi vida). Cuando llegué a Artosilla, mi grandiosa visión de la ecoaldea que íbamos a construir incluía personas que se relacionaban amorosa y compasivamente, pero sobre todo con equidad y justicia, con un sentido proporcionado y coherente de lo que cada uno da y recibe a cambio.
Pronto descubrí que no todo el mundo compartía mi sentido de la justicia y la coherencia. El señor R (así llamaré al rol para no caer en la trampa de identificarlo con la persona) me demostró una y otra vez que podía hacer cosas que rompían por completo mis esquemas mentales. Por dar algunos ejemplos, una vez me llamaron los albañiles que trabajaban en mi casa (en realidad, amigos míos que me hacían un barato por echarme una mano) para decirme que habían llegado el lunes a trabajar y que no había herramientas. Sorprendido, me acerqué al pueblo en cuanto pude —entonces trabajaba en una escuela pública para poder pagar los gastos de la construcción de la casa— para averiguar que pasaba. Descubrí, con rabia, que el señor R había recogido en mi ausencia todas las herramientas, y encerrado con llave en un cuarto, afirmando que eran suyas, incluso cuando yo le presenté papeles de compra que todavía guardaba. Nunca las recuperé. En otra ocasión, amenazó con pararme la obra si seguía utilizando unas piedras que yo mismo había guardado del desescombro de mi casa, levantada sobre una ruina previa. Él afirmaba sin ninguna duda que esas piedras eran suyas, que las había dejado ahí para forrar su casa, en la que también estaba trabajando. Le tuve que dar la mitad de las piedras, aunque en mi fuero interno tenía claro que esas piedras eran mías. Mucho antes de que estas y otras cosas peores tuvieran lugar, el señor R me había invitado amablemente a vivir en un pequeño apartamento que él tenía y que no utilizaba. Delante de mis padres afirmó que esa sería mi casa hasta que yo terminará la mía. Me alojaba hasta entonces en casa de un vecino, compartiendo cuarto con los niños, y allí no podía seguir. Acepté la invitación y le pregunté cuánto le daba por el alquiler. Me respondió que él no quería saber nada de dinero y que le gustaba trocar. Cómo el espacio estaba por hacer, acepté pagar a medias una tarima para el suelo que costaba unos 2.000 euros, como trueque o compensación por vivir ahí. Por la misma razón, hice la instalación eléctrica y pagué con mi dinero los cables, llaves y enchufes. Ayudé en la instalación del baño y en otros arreglos que fueron necesarios. Cuando apenas llevaba un año de vivir ahí, revisando las cuentas y gastos que me llegaban cada cierto tiempo del almacén de construcción, descubrí una factura por valor de 400 euros por la compra de un baño completo que no estaba en mi casa, sino en el apartamento del señor R. Cuando le comenté por qué había cargado en mi cuenta los gastos del baño, algo que nunca habíamos hablado, me dijo que era por lo de la compensación, pero cuando le dije que yo creía que de momento estaba más que compensado se enfadó un montón, me dijo que me devolvería el dinero del baño, y así lo hizo, pero que eso no eran maneras. Apenas unos meses más tarde me dio la noticia de que sus hijos querían venir a vivir a Artosilla y que necesitaba urgentemente el apartamento, que en un mes me tenía que marchar de allí. No había nada que discutir, ni pareció importarle que yo me quedara sin techo ni lugar donde quedarme en Artosilla, ni pareció preocuparle que hubiera prometido delante de mis padres que allí podría quedarme hasta que tuviera lista mi casa. Al mes me fui a casa de otro vecino, que me alojó por un tiempo, aunque finalmente me tuve que marchar del pueblo. Y por supuesto, sus hijos nunca vinieron a vivir a Artosilla.
Todos estos desencuentros con el señor R —hubo muchos más que no comento por no alargar— me generaron muchísima rabia, pero también una gran tristeza y sensación de impotencia. Sufría un gran dolor interno que ninguna justificación racional podía mitigar. Además cada vez que pasaba algo gordo, dejábamos de hablarnos o nos separábamos airadamente, y el resquemor acumulado se mostraba violentamente en las asambleas de pueblo, donde apenas podía evitar mis deseos de venganza. Me preguntaba una y otra vez cómo alguien puede actuar así. Y lo peor es que todo esto lo vivía más bien en soledad, pues mi relación con los demás vecinos tampoco funcionaba muy bien, y menos para hablar de cuestiones profundas y emocionales. Más tarde, cuando ya vivía con gente afín en una pequeña comunidad que se creó dentro de Artosilla y que llamamos Taldea, cuando ya mi vida se llenaba con el amor y comprensión de otras personas, los desencuentros con el señor R, que se seguían dando, los vivía de otra manera, no sólo porque ya había aprendido hasta dónde podía llegar con él, sino porque podía expresar mi frustración abiertamente y al menos procesar mi parte. Y entonces aprendí algo que nunca hubiera podido imaginar.
El señor R me ponía a prueba en lo más profundo de mi ser. Era capaz de dar en la llaga de lo que más me dolía: la injusticia, la incoherencia, los actos injustos o incomprensibles, los actos que parecen surgir del capricho de alguien y a quien no parece importarle mucho las consecuencias, ni el daño que pueda hacer a otras personas. Bueno, así es en realidad como lo vivía yo, pues al ser este tema uno de mis límites, vivía identificado con una idea/sentimiento de la justicia y de la coherencia, que evidentemente, y eso lo aprendí gracias al señor R, no era compartida por todos los seres humanos. En última instancia, aprendí que el dolor que yo sentía ante lo que me parecía un comportamiento inadmisible del señor R, tenía tanto que ver con su comportamiento como con la manera en que yo, apegado emocionalmente a un determinado sentido de la justicia, lo vivía. Necesité años para aprender algo que ahora me parece tan simple. Mientras, viví el dolor de la injusticia muchísimas veces. El señor R parecía no aprender nada de lo que nos ocurría y se repetía hasta la saciedad en sus comportamientos imposibles —claro que, entonces yo no sabía que el señor R era un rol, y los roles son como son, no cambian, sólo las personas pueden cambiar.
Es posible que alguien se pregunte cómo me pudo pasar esto tantas veces, cómo me dejé engañar una y otra vez por el señor R, y por qué no lo mandé a la mierda después del primer desencuentro, cuando todavía lo identificaba con la persona sin saber que en realidad era un personaje. No responderé diciendo que reconocí enseguida al señor R como mi maestro y quise aprender de él, pues sería una estupidez. En aquel entonces no sabía mucho de límites personales, ni de cómo otras personas pueden ayudarnos a superar tales límites, aunque duela. Estoy seguro que si esto me pasa en otro lugar, con más opciones para relacionarme con otras personas, hubiera dejado al señor R de lado o hecho todo lo posible para alejarme de él. Pero lo cierto es que vivía en un pueblo con 12 habitantes, que a veces apenas éramos 4 o 5, pues la gente iba, venía, se marchaban a trabajar, y la soledad termina por ablandar el corazón. Y el mío suele ser bastante blando. Pero ni siquiera así estaría diciendo toda la verdad de por qué volvía una y otra vez a relacionarme con el señor R. Otro factor importante era que el señor R también tenía, y tiene, un corazón blando. Cierto que a veces nos enfadábamos durante meses y no nos hablábamos en todo el tiempo, pero en algún momento él siempre volvía a hablarme, y por la manera en que lo hacía, notaba enseguida que no guardaba rencor, y después de algunos lloros compartidos —y hemos llorado mucho juntos—, volvíamos a relacionarnos con alegría.
En este sentido tengo que agradecer a Artosilla, y al hecho de ser tan poquita gente, el verme obligado a mantener la relación con un personaje que, de primeras, hubiera rechazado frontalmente. Gracias a tener que convivir con él, más de lo que inicialmente era capaz de soportar, pude superar también uno de mis grandes límites. Gracias al señor R descubrí que mi sentido de la justicia no era más que una idea, una idea con la que había crecido y a la que había asociado determinados sentimientos, pero en definitiva una idea más, incompatible con otras ideas que sobre la justicia mantienen otras personas. Y una idea que en el momento que alguien la tiene por verdadera y única, como me pasaba a mi, puede hacer tanto daño como cualquier otra, pues ¿qué conseguía yo con mis mal disimulados deseos de venganza, sino hacer daño, simplemente porque alguien actuaba de una manera que no entendía y parecía ir en contra de mi más sagrada verdad?
Gracias a la oportunidad que tuve de conocer en profundidad al señor R descubrí que él, o mejor dicho la persona que hay detrás de este rol, también tiene una idea/sentido de la justicia y que, desde luego, sus actos intentan ser coherentes con esa idea. Esta persona tiene también un niño interior que sufrió penurias y abusos de pequeño y que necesita atención constante, un niño que se le escapa en muchas ocasiones para decir: !ah sí, ahora verás, como te voy a chinchar! Un niño que el adulto no siempre reconoce y que le impide ver muchas veces sus errores. Pero su idea de la justicia está ahí, y es profunda, y en gran parte no es fácilmente explicable con palabras, y puede parecer, como durante tanto tiempo me lo pareció a mi, incoherente y en última instancia, injustificable.
Por último, no hay que olvidar que el señor R es un rol, un personaje, un espíritu que anima el campo grupal de nuestra cultura, un espíritu que puede aparecer una y otra vez en los grupos, representado por personas diferentes, para traernos su mensaje.  Un rol que, entre otras cosas, dice: eh, cuidado, tu idea de la justicia, de la coherencia, de la equidad, del equilibrio o de cualquier cosa parecida, puede ser limitada, tal vez no estés viendo lo suficiente, ni tengas la perspectiva adecuada, quién eres tú para juzgarme a mi si ni siquiera eres capaz de verme en la totalidad de lo que soy, no te dejas engañar por tu dolor, búscalo en tu pasado y despréndete de él, después vuelve a mirarme.
Si el señor R es un rol, la persona que hay detrás de él bien puede jugar otros muchos roles. Y así lo ha hecho en todo este tiempo, aunque yo tardara en reconocerlo. De hecho, algunos de ellos eran, y son, muy amorosos y compasivos. Si me hubiera dejado llevar por el primer gran desencuentro, hubiera condenado a esta persona identificándola para siempre con el señor R, sin darle la oportunidad de mostrarse en todo lo que es. Afortunadamente, gracias a Artosilla los encuentros se mantuvieron con sus más y sus menos, y pude descubrir así una persona con un gran corazón, una persona capaz de enrabietarse un instante, llorar el siguiente, y darte un abrazo después. Ahora sí que puedo decir, sin ambages, que el señor R, y la persona que hay detrás, ha sido mi maestra durante todo este tiempo. Y aunque todavía hay cosas de ella que me cuesta entender, y momentos que la mandaría igualmente lejos de mi, al menos he aprendido que no es necesario entenderlo todo al detalle para captar la sabiduría que nos filtra el universo en las pequeñas acciones, que es bueno saber esperar y ver lo que nos ocurre desde perspectivas más amplias, desde espacios que desbordan la coherencia de la razón para dar cabida a la coherencia del corazón y, más lejos aún, para dar cabida a la coherencia de la vida y la sabiduría del universo. Ahora sé que, en adelante, tendré mucho más cuidado a la hora de sacar el rol del justo, pues en un descuido se convierte fácilmente en el justiciero. Y tendré más cuidado en pedir coherencia a los demás, cuando tal vez es mi propia forma de mirar lo que resulta incoherente.