27 oct. 2012

Honrar la vida

(Una presentación entre personal y poética, apoyada en la ciencia actual más puntera, sobre la vida, el cuerpo, el alma, la mente y la conciencia)

Hay gente que dice que el alma no existe, que la mente, la conciencia, nuestros sueños e ilusiones son reducibles a la física y química del cerebro. Hay gente que dice que el cuerpo es efímero y limitado, tal sólo un trozo de barro apañado temporalmente para acoger un espíritu inmortal. Entre unos y otros, yo acojo con calidez mi cuerpo, un cuerpo lleno de vida y no sólo de átomos, un cuerpo complejo y bien organizado, magistralmente diseñado y muy eficiente. Al menos, si se le trata bien, si se le cuida un poquito y no se deja en el olvido. Mi cuerpo está hecho de vida y busca la vida, en el agua que bebe y el aire que respira, en los alimentos que come, en el paisaje que alimenta sus ojos, en la gente que le da calor. Mi cuerpo no está vivo porque yo estoy vivo. Está vivo porque pertenece a la vida, porque surge de ella y se alimenta de ella. Aunque pierda la conciencia, mi cuerpo sigue vivo y se aferra a la vida.

Hay gente que dice que la vida surgió por azar en la Tierra, fruto de una imposible combinación entre átomos que interactuaban aleatoriamente entre sí. Hay gente que dice que la vida llegó del espacio, que la trajo un cometa que pasó cercano, quién sabe de dónde. Yo me inclino a pensar que la vida surgió en la Tierra porque de alguna manera su germen ya estaba en esa materia que conforma el universo. No fue el resultado de una combinación imposible, más bien el destino necesario de una materia que lleva la vida consigo, presta a emerger cuando se dan las condiciones apropiadas. En la Tierra materia y vida establecieron una simbiosis perfecta que se ha mantenido durante millones de años. La vida participa activamente en los flujos básicos de la Tierra, en el ciclo del agua, del carbono, del nitrógeno. La vida da forma a valles y montañas que cubre de bosques, de animales y plantas. La vida anima el fondo de los mares, influye en la temperatura del agua, empuja las corrientes marinas. La vida son miles de millones de bacterias, de pequeños organismos unicelulares, presentes en todos los procesos de regulación que afectan a este planeta. Y son todos los animales y plantas que, una y otra vez, reciclan la materia al hacerla pasar por sus cuerpos, para robar entropía al universo y mantener viva la vida. Los humanos tendemos a ver la vida como formada por individuos frágiles y desconectados en un planeta inerte, hostil, al que es necesario vencer y conquistar. Sólo porque nos vemos a nosotros mismos como individuos frágiles y desconectados en un planeta hostil que queremos conquistar. En realidad todos los seres vivos son diferentes manifestaciones de una misma vida en perfecta simbiosis con un planeta que la acoge, los humanos no somos una excepción. Cuando yo muera, mi cuerpo, recompuesto en millones de bacterias y microorganismos, seguirá siendo vida. La muerte de un individuo no es la muerte de la vida, sólo un proceso más de la permanente transformación en la que ésta se halla inmersa.

La vida es, por otra parte, inseparable de la inteligencia. Todos los procesos que acompañan la vida son hermosos, eficientes, y sin duda, inteligentes. ¿O acaso no es una muestra de inteligencia que unas pequeñas bacterias fueran capaces hace miles de millones de años de utilizar la energía del sol para obtener su alimento? ¿O que otras fueran capaces de utilizar el abundante y hasta entonces mortal oxígeno de la atmósfera en su propio beneficio? ¿O que algunos seres vivos crearan los medios para moverse y desplazarse hasta lugares remotos? ¿O que la vida se diversificara en multitud de organismos distintos que pudieran colonizar ecosistemas muy diferentes? Hay gente que dice que todo eso es fruto del azar y de la necesidad,  y que no hay nada inteligente en ello. Otros, sin embargo, afirman que la mente y la inteligencia acompañan la vida desde sus orígenes. Si la inteligencia es la capacidad de un ser para adaptarse con éxito a un entorno cambiante, hay que decir entonces que la vida es sumamente inteligente.

Así pues, mi cuerpo está lleno de vida, piense lo que yo piense, crea lo que yo crea. Y dispone de mecanismos sumamente inteligentes para enfrentarse a situaciones muy diversas y complejas, algunas de las cuales ni siquiera requieren mi participación consciente. Es el caso, por ejemplo, de las emociones. Los seres humanos pensamos que el cuerpo sólo se ocupa de respirar, ingerir alimentos, movernos y poco más. Ignoramos que las emociones son una herramienta más, desarrollada por la vida, para permitir a los seres vivos dar una respuesta rápida y eficiente en situaciones cambiantes en su entorno. Una emoción tan antigua como el asco es compartida por muchos seres vivos que, de manera intuitiva, saben alejarse rápidamente de alguna cosa que pueda afectar su integridad. De la misma manera que la emoción de agrado les lleva inexorablemente hacia el objeto que es causa de su bienestar. Asco y agrado ponen en movimiento el cuerpo mucho antes de que seamos capaces de procesar conscientemente qué ocurre. Alegría, tristeza, rabia, cansancio, dolor, bienestar... son otras emociones que compartimos con muchos seres vivos, están a nuestra disposición para su uso inmediato y nos ayudan a adaptarnos mejor a entornos cambiantes sin necesidad de pensar en ello. Si las emociones son el núcleo del alma, como pensaron los antiguos, entonces hay que convenir que alma y cuerpo forman una unidad indisoluble, pues no hay emociones sin un cuerpo que se emocione, un cuerpo vivo y bien equipado para poder cumplir su función de seguir vivo.

Cierto que las emociones de los seres humanos pueden ser más complejas que en otros seres vivos y, convertidas en sentimientos (emociones sentidas por un yo consciente), no son algo exclusivo del cuerpo, están también mediadas por la mente, por nuestros pensamientos, nuestro pasado y nuestras expectativas de futuro. Sí, pero ¿qué es la mente? ¿qué papel juega en los seres vivos? Durante mucho tiempo, mientras prevaleció el modelo cognitivo informático, se pensó que la mente era sólo un conjunto de actividades computacionales fácilmente modelables. Poco después, y tras fracasar el intento de la inteligencia artificial, se descubrió que las actividades que llamamos mentales son prácticamente inseparables de un cuerpo que las sostiene, que los modelos informáticos son totalmente incapaces de reproducir las actividades más básicas de una mente viva, corporeizada, arraigada en un cuerpo vivo. Para algunas personas, entre las que me encuentro, hay mente desde el mismo momento en que hay vida. La mente no sería algo que se añada a la vida en una fase posterior, sino algo que surge con ella. La mente, la cognición, la inteligencia es inseparable del hecho de vivir, pues todo vivir encierra un saber, el saber de mantener la vida en un entorno cambiante, el saber adaptarse a nuevas condiciones, el saber huir del peligro y acercarse a lo que nos permite estar bien. Este saber es algo que los humanos compartimos con todos los seres vivos y, por tanto, todos tienen mente. Incluso, aún definiendo la mente, en un sentido más restringido, como la capacidad de un ser vivo para extraer información de sí mismo y de su entorno, procesarla internamente y actuar en consecuencia, se podría decir que todos los seres vivos disponen de algún tipo de habilidad mental. Tal vez, en este caso, no se trate de una capacidad individual, pero sí colectiva.

En los seres humanos y otros seres vivos la mente se entiende como una cualidad del individuo y está ligada a la existencia de un cerebro o un sistema nervioso, pero no debemos olvidar que hay organismos vivos que no disponen de cerebro y que, al menos colectivamente, dan muestras de inteligencia y de llevar a cabo funciones propias de una mente. ¿Qué decir por ejemplo de la capacidad que tienen las bacterias, para compartir información genética entre ellas y actuar colaborativamente en su propio beneficio. No tienen cerebro ni capacidad para procesar individualmente ningún tipo de información. ¿Cómo lo hacen? En otros casos, como las hormigas, sí existe un cerebro simple, pero con sus pocos cientos de miles de neuronas apenas da para mantener la coordinación de su cuerpo. ¿Cómo hacen entonces las hormigas para crear esos grandiosos hormigueros o llevar a cabo complejas tareas para las que ninguna hormiga individual está preparada? Y ¿qué decir de las plantas? Tampoco tienen cerebro ni sistema nervioso, y sin embargo son perfectamente capaces de responder a estímulos externos —algunos tan increíbles como la música o el estado emocional de las personas—, de comunicar entre ellas y actuar colectivamente. Me parece ingenuo pensar que estas respuestas sean fruto de un juego de azar y necesidad, según el cual un determinismo estricto en los comportamientos alterna con el azar de mutaciones aleatorias para conseguir la respuesta más adaptativa. ¿No se nos escapa algo en esta explicación? ¿no estaremos juzgando desde una limitada capacidad de la mente humana para describir el mundo? Es lo que piensan cada vez más personas.

La mente es un regalo de la vida, una cualidad emergente de los sistemas vivos para ser exactos,  un proceso y no una cosa, dirán otros. Pero, en todo caso, no es algo que la vida nos haya querido dar en exclusividad a los seres humanos, ni siquiera a los animales superiores. De alguna manera, todos los seres vivos tienen acceso a algún tipo de capacidad mental, aunque no dispongan de cerebro o el que tienen no alcance para actuar en procesos muy complejos. Pero es que además, más allá de la mente individual, la idea de una mente colectiva se va extendiendo con fuerza. Una mente que surge de, y apoya los sistemas vivos, pero que no necesita un cerebro como soporte. Es evidente que esa mente colectiva que podemos ver en colonias de insectos sociales está intrínsecamente ligada a los individuos que forman la colonia, no es algo separado de ellos, ni siquiera del entorno en el que actúan. Pero tampoco es la suma de sus mentes individuales. Es una cualidad del grupo como totalidad, una propiedad emergente de un sistema vivo formado por individuos vivos. En el caso de los seres humanos nos sentimos tan orgullosos de nuestra mente individual que apenas ahora estamos prestando atención a esta idea de mente colectiva. Los seres humanos formamos grandes colonias que llamamos comunidades (grupos, pueblos, ciudades, biorregiones, redes, sociedades...), en última instancia somos parte de la humanidad como un todo. Tenemos muy clara nuestra conciencia como individuos, pero parece que hayamos perdido la capacidad de vernos también como parte de las comunidades y ecosistemas en los que estamos inmersos. Anteponemos los deseos individuales a las necesidades colectivas, la libertad individual al bienestar del grupo, las necesidades de la especie a las necesidades de la naturaleza y, en consecuencia, de la propia vida. Lo hacemos, sin duda, por razones culturales, por seguir las reglas de patrones sociales que, en última instancia, son el resultado inconsciente de nuestra mente colectiva. Pero, me pregunto..., si las hormigas, o las abejas, o incluso las bacterias, son capaces de actuar inteligentemente como grupo en pos del bienestar de la totalidad, ¿por qué los seres humanos no habríamos de poder actuar inteligentemente como grupo en pos del bienestar de nuestras comunidades, y de la humanidad y la vida en su conjunto? Tal vez todo sea cuestión de ir más lejos en nuestra conciencia individual hasta reencontrar esa mente colectiva capaz de traer respuestas a problemas que nos desbordan como individuos. En honor de la especie humana me parece oportuno decir que, afortunadamente, esto es algo que ya mucha gente está haciendo.

Por muy compleja que sea nuestra mente, no deja de ser algo que compartimos con todos los seres vivos. ¿Hay algo, entonces, que nos hace diferentes? Podemos hablar y comunicar, pero es bien sabido que hay más seres vivos que utilizan un lenguaje de signos para comunicar. Nuestro lenguaje simbólico nos permite construir frases o pensamientos, describir el mundo que percibimos y pensar sobre él. Desde luego, esto es algo que ya no compartimos con muchos seres vivos. Si acaso algunos simios podrían haber desarrollado una capacidad mínima para la descripción simbólica del mundo y para el pensamiento, pero en sentido estricto parecen cualidades muy nuestras. Pero es que, además, los seres humanos somos conscientes de nuestra propia existencia, disponemos de un yo que vive lo que percibe, piensa o siente como algo propio e íntimo, inalcanzable para un observador externo; los seres humanos utilizamos el lenguaje no sólo para describir nuestra experiencia del mundo, o para analizar, reflexionar y razonar sobre el pasado y el futuro y poder actuar en el presente, somos capaces también de desbordar los límites de la razón a través de la imaginación y la creatividad; los seres humanos podemos elegir el destino que queremos dar a nuestra vida en un acto de voluntad, a través de una intención consciente; los seres humanos podemos alcanzar estados de conciencia inexplicables, indescriptibles, que nos ponen en conexión con una realidad que va más allá del mundo que percibimos inmediatamente a través de los sentidos... Todas estas capacidades de los seres humanos parecen superar de lejos lo que una simple mente puede llegar a hacer. ¿Es realmente así? ¿Es la conciencia, y todo lo que ella aporta, algo exclusivamente humano, extraño al cuerpo, a la materia y la vida?

Hay gente que dice que la conciencia es algo bien diferente de la mente. Tal vez todos los seres vivos dispongan de una mente, individual o colectiva. Pero la conciencia íntima de uno mismo, la conciencia en todos sus niveles y estados alterados, la conciencia creadora, amorosa o compasiva, esto sería algo exclusivamente humano. ¿Cómo podemos estar tan seguros de esto? ¿Es la conciencia, como piensan algunos, una dimensión espiritual, no material, del ser humano? ¿Es aquello que nos caracteriza realmente, que define nuestra esencia, que nos hace participes de la verdadera realidad espiritual del universo, más allá de ese velo de maya que es la realidad material? ¿O es, como piensan otros, un fenómeno emergente de la materia y de la vida, algo que se puede explicar a partir del cerebro, o al menos a partir de una mente inserta en el cuerpo y en la vida? No existe una respuesta única a estas preguntas. Tal vez no exista nunca. De momento, sólo tenemos creencias. Desde el amor y reverencia que siento por la vida no puedo ver la conciencia como algo que llega de fuera, como una cualidad puramente espiritual que llena de sentido una materia y una vida que sin ella no tendrían sentido. Por eso me inclino a pensar que la conciencia forma parte de la vida, está en la vida, es inmanente a la materia y la vida. Para mi, la conciencia es sólo una cualidad más del ser, una propiedad emergente de los sistemas vivos complejos, y en última instancia de la propia materia. El yo es una ilusión, sí, pero no porque me aleja de una realidad espiritual esencial a la que debemos volver sin falta, sino porque es tan sólo el resultado aparente de la miríada de conexiones en las que mi cuerpo está involucrado. Mi cuerpo es un organismo vivo increíblemente complejo, formado por entre cincuenta y setenta billones de células, cien mil millones de neuronas, y miles de billones de conexiones entre todas ellas y el mundo circundante. Todas esas células están organizadas en diferentes niveles de complejidad para dar en cada momento la respuesta más adecuada a los cambios del entorno a fin de mantener la vida en mi cuerpo y, de ser posible, gozar de cierto bienestar. Se trata sin duda de una organización inteligente, provista de sofisticados mecanismos que favorecen el proceso de la vida. La conciencia es uno más de estos mecanismos, poco importa si se trata de una conciencia simple que apenas es consciente de lo que percibe, o de una conciencia compleja, avanzada en su capacidad para razonar, imaginar, sentir, empatizar, amar o vivir la vida como una experiencia única y unitaria. La conciencia permea la vida, igual que la vida permea la materia. Y si la conciencia es espíritu, y no digo que no lo sea, entonces habrá que preguntarse también de qué manera el espíritu recorre la materia, pues tal vez nuestra imagen de la materia como algo inerte, sin vida ni conciencia, no sea tan cierta como pensábamos.

Sea como sea, parece claro que la conciencia es algo que evoluciona, algo en constante cambio, tanto a nivel individual como de la especie, algo que se organiza en diferentes niveles o estados, de los que sólo algunos nos son accesibles de manera habitual, mientras que a otros sólo llegamos en experiencias puntuales que jalonan nuestra vida. Es bastante probable que la aparición de la conciencia, al menos como ‘yo’ o conciencia de uno mismo, esté vinculada a la aparición del lenguaje, algo que surgió hace cientos de miles de años cuando nuestros antepasados empezaron a convertir los gestos y signos con los que se comunicaban, en gran parte haciendo uso de los manos, en símbolos provistos de un significado y, poco después, traducidos en sonidos que dieron lugar al lenguaje hablado. Es bien posible que la conciencia surgió en el momento en que un ser humano fue capaz de ver, sentir, al otro dentro de sí y convertir en un diálogo interno lo que antes era una conversación externa, una conversación sin sujetos. Es bien probable que aquella fuera una conciencia sencilla, con un yo todavía frágil e inmaduro, aferrado principalmente a la supervivencia y, todavía muy dependiente del colectivo como entidad que daba seguridad y sustento. A partir de ahí, la evolución de la conciencia fue imparable. Y aunque a nivel de especie la conciencia es algo único que evoluciona siguiendo su propio ritmo, existen importantes diferencias tanto a nivel individual como colectivo. A nivel individual, algunas personas, fruto de sus experiencias vitales, han sido capaces de llegar a niveles de conciencia impensables para el resto de sus coetáneos; han sido conscientes de cosas que a otros se nos escapan; han sido capaces de aprehender la realidad que se extiende más allá de los sentidos, de captar aspectos esenciales del mundo y del ser. A nivel colectivo, existen diferencias obvias de conciencia entre grupos de seres humanos según el desarrollo social, económico, tecnológico, cultural, de sus respectivas comunidades.

En Occidente, algunos de los procesos históricos más importantes que han moldeado la conciencia occidental son la aparición y consolidación del individualismo y de la lógica de la razón. El individuo moderno liberal es la culminación de un largo proceso histórico que, para algunos, arranca en la Grecia Clásica y culmina con la consolidación del Neoliberalismo actual, tras pasar por siglos de influencia cristiana. En el haber de este individuo moderno está el reconocimiento definitivo, incorporado en la carta de derechos humanos, del valor por igual de todos los seres humanos, independientemente del color de su piel, sexo, procedencia, edad, educación, etc. En el debe cabe mencionar la exacerbación del yo y de los deseos o apetitos individuales, en la forma de búsqueda de éxito, poder y riqueza, hasta convertir al individuo moderno en un ser orgulloso, egoísta, consumista, temeroso, desconectado de la naturaleza y la vida, y cada vez más aislado y sólo. Si el fortalecimiento de nuestro yo, y de los derechos que tenemos como individuos, nos ha permitido desenmascarar muchos de los abusos y formas de opresión bajo las que hemos vivido en el pasado y potenciar nuestra capacidad expresiva individual, un exceso de ego nos está llevando a una situación lamentable en relación con el cuidado de las personas y el cuidado de la Tierra, algo que se está traduciendo en un aumento de la desigualdad social y en un amplio deterioro de la naturaleza. El siguiente paso sólo puede ser un individuo con mayor conciencia comunitaria y de los procesos de la vida, un individuo participante, un individuo capaz de reconocerse como parte de un todo más amplio, y de entrar en espacios de participación en los que sea posible procesar la ineludible tensión entre su necesidad individual de afirmación, de autonomía, de preservar su ser y maximizar su expresión creativa, y la necesidad colectiva de mantener y cuidar de ese espacio que creamos entre todos —el espacio de la comunidad, del grupo, de los ecosistemas vivos—, un espacio que también reivindica su autonomía y su necesidad de expresión creativa.

Por su parte, la razón ha pasado en los dos últimos siglos de ser esa facultad extraordinaria del ser humano para analizar las cosas, encontrar su sentido o coherencia, justificar determinadas prácticas y comportamientos, o cambiarlos en función de la información que vamos recopilando en nuestro haber —es decir para llevar a cabo todo eso que llamamos razonar—, a querer convertirse en el único juez de la verdad, confirmando o negando lo que es real de acuerdo con su racionalidad. Ha pasado de ser un recurso más del amplio abanico de recursos que disponemos los seres humanos para tomar decisiones y enfrentarnos a situaciones complejas y cambiantes, a querer ser el único recurso disponible, determinando férreamente cómo debemos actuar en cada momento, so pena de ser tildados de locos o irracionales. Para ello, la razón ha contado con el apoyo de una cultura que se define a sí misma como racional, una cultura que ha desarrollado instituciones y prácticas que hacen gala de ser perfectamente racionales, aunque en muchos casos parezcan perfectamente estúpidas, dados los resultados.

Afortunadamente, los seres humanos tenemos la capacidad de ir más allá de la conciencia racional, igual que podemos ir más allá de la conciencia egoica e individual. Con ello, no se trata de abandonar la razón, sino de situarla en su justo lugar. Saber razonar es algo valioso, algo que podemos necesitar en muchas situaciones, pero que tiene sus limitaciones en otras muchas. Creatividad, sentimiento, intuición, compasión, ecuanimidad, discernimiento y sabiduría son algunos otros recursos de nuestra mente y conciencia a los que podemos acudir cuando sea necesario. Los seres humanos no somos tan racionales como pensamos. Ahora sabemos que nuestras decisiones individuales, teóricamente racionales, están casi siempre mediadas por emociones que, a su vez, se generan en campos de interacción social que incluyen a muchas otras personas y circunstancias. ¿Cómo actuar racionalmente, o al menos sensatamente, sin conocer la influencia de un campo emocional que, en última instancia, depende del estado de nuestras relaciones? Muchas veces, la razón es prisionera de un yo que sabe utilizar a la perfección sus razones argumentativas para conseguir lo que quiere. Un yo caprichoso y sujeto a estados de ánimo cambiantes. En grupo, la razón se ve desgarrada en manos de individuos que dicen actuar en todo momento siguiendo sus principios, ignorantes de las emociones que los recorren y que permean el campo grupal en el que están inmersos. Es obvio que la razón, sin sentimiento, sin corazón, sin compasión, no es suficiente. Tenemos que llegar más lejos, ¿estamos preparados para ello? ¿estamos listos para hablar y escuchar desde el corazón?

La inteligencia emocional, que es de lo que aquí se trata, no es el único complemento valioso para esa inteligencia racional que lleva años dominando la conciencia. Si la razón ha demostrado ser una buena herramienta para el análisis, se encuentra bastante pérdida cuando se trata de explorar los límites del conocimiento, allá donde realmente surgen respuestas y se muestran caminos novedosos que poder transitar en tiempos de crisis. Vivimos en un mundo cada vez más complejo, más impredecible, más inestable, en parte como consecuencia del aumento imparable de nuestras posibilidades de comunicación e interacción, lo que está poniendo en marcha fuerzas que apenas llegamos a vislumbrar. Nos enfrentamos a retos cada vez más difíciles para los que ninguna mente individual tiene una respuesta. Tampoco la razón, ni siquiera convertida en ciencia o tecnología. Necesitamos aprender a movernos en esa mente colectiva que apenas ahora estamos descubriendo, una mente colectiva que nos puede aportar la sabiduría que necesitamos en estos momentos. Para ello, es necesario desbordar por arriba la limitada conciencia racional, igual que es necesario desbordar por los lados la limitada conciencia individual. El saber auténtico no puede separarnos. Nos separan las razones, los argumentos, las creencias, pero no el verdadero saber. Pues todo saber viene preñado de compasión por el otro. Sin compasión, sin amor, no hay sabiduría. Si la inteligencia racional sirve para defender mi posición, mi punto de vista, y la inteligencia emocional me ayuda a empatizar e incluir también el punto de vista del otro, la inteligencia espiritual, pues así la llaman algunas personas, me permite explorar el mundo que se extiende más allá de las divergentes razones, y acceder así a un conocimiento que se nos presenta como saber verdadero, saber preñado de amor, saber válido para un determinado momento y lugar. No es un saber que traiga respuestas eternas ni que valga para todos los casos, es simplemente lo mejor que podemos dar en cada momento. En un mundo que se crea en cada instante, con cada mirada, con cada acción emprendida por cualquiera de los seres que lo conforman, la verdad no nos viene dada toda de una vez, se muestra poco a poco conforme hacemos presente un futuro que soñamos entre todos.

Llevo la vida dentro de mi, la siento en todo lo que hago. No sé muy bien qué significa estar vivo, e ignoro totalmente qué me espera tras la muerte. Tampoco me preocupo mucho por ello. No llego a comprender el significado de palabras como dios, eternidad, inmortalidad y similares. Sólo sé que cuando yo muera, la vida seguirá. Y aunque desconozco mi destino como individuo, sé que mientras viva debo honrar a la vida. Y para ello sólo puedo vivir, intensa y auténticamente, apreciar en cada instante lo que la vida es, lo que la vida me ofrece. A través de mi cuerpo, en el movimiento y la danza; a través de mi alma, manteniendo la conexión con mis emociones y favoreciendo las emociones alegres que sustentan la vida; a través de mi mente, en conversaciones que importan, que sirven para tejer redes y explorar caminos desconocidos que aportan un poco de sabiduría; a través de mi conciencia, como ser compasivo, ecuánime y lleno de amor. A través de todo lo que soy, un ser vivo, consciente y expresivo, pero también pura vida, consciencia y expresión.