30 nov. 2013

Un juguete en mi pueblo


Hace unos días llegó un juguete a mi pueblo, una pala excavadora capaz de hacer unos agujeros enormes en el suelo en un plis. Hicimos una balsa, limpiamos un antiguo depósito, sacamos escombros de un lugar, rebajamos la calle para quitar futura humedad en una casa... Una maravilla!!! Con un juguete así, levantábamos el pueblo en cuatro días. Bueno, no todo fue de color de rosas, hubo algunos problemillas. Tomar decisiones en tan poco tiempo no es fácil, el alquiler de la pala costaba un riñón y no podía perder ni un minuto, y había que decidir. No hubo tiempo para hablar con todos los vecinos, consensuar una decisión, y algunos se enfadaron con las decisiones tomadas. Esta es nuestra dinámica habitual en el pueblo, enfadarnos por lo que hacen otros y no reconocer, o no prestar suficiente atención a lo que hacemos nosotros y afecta a los demás. O al menos, ha sido la dinámica habitual durante muchos años. Una pena.

Tal vez algún día nos atrevamos siquiera a pensar que nadie hace las cosas para fastidiar, que cada uno hace lo que puede en cada momento, que la respuesta de una persona a una situación nueva es el resultado de un saber acumulado por esa persona durante años y que, por tanto, es la mejor respuesta que es capaz de dar en ese momento. Ojalá fuéramos capaces de ver que si nuestra respuesta es diferente se debe simplemente al hecho de que nuestra experiencia vital es diferente, pero no por ello somos mejores ni peores que los demás. Que nadie merece ser juzgado porque lo que hace o dice no nos gusta. Ojalá pudiéramos escuchar las explicaciones de los demás con atención, respeto y empatía, y desde ahí hablar asertivamente para decir cómo vemos nosotros las cosas, qué hubiéramos hecho en una situación dada, qué sentimientos nos ha generado lo ocurrido, o que propuesta tenemos para resolverla. Todos aprenderíamos de una comunicación así, una comunicación sin juicio moral ni castigo, empática en la escucha y asertiva en la expresión de nuestra opinión.

Para llegar a esta comunicación hay un paso difícil, consiste en no creer totalmente a nuestro querido yo cuando se pone tozudo y empieza a afirmar rotundamente que su verdad es la verdad, que su forma de ver o hacer las cosas es la correcta, y que por tanto, los demás están equivocados (y tal vez merecen ser reprobados o castigados por ello). Es un paso difícil porque implica aprender a desidentificarse de ti mismo, ir más allá del ego al descubrimiento de un ser que siento tú, escapa a tu control.

Podemos empezar con una práctica sencilla, como ‘suspender’ o poner en paréntesis algunas de nuestras ideas cuando estamos conversando con alguien, esto es formularlas con expresiones como “es lo que yo pienso, pero tal vez pueda ser de otra manera”, a la vez que desarrollamos una actitud de estar realmente abiertos a cómo sería esa otra manera. Suspender una idea no significa dejar de quererla, sólo es crear un huequecito en nuestra forma de percibir el mundo para que puedan caber otras ideas diferentes. Además con el tiempo, todas esas ideas, las que nos gustan y las que no, terminan fertilizando nuestro ser y dan vida a nuevas ideas que nos enriquecen y expanden nuestra conciencia. Con el tiempo y con práctica estaremos en condiciones de suspender muchos de nuestros pensamientos, y con más tiempo, más práctica y convicción, podremos llegar a suspender incluso nuestros valores más sagrados. No renunciamos a ellos, sólo hacemos hueco para incluir y dejar que un nuevo ser emerja.

Todo el tema de la comunidad se reduce a apreciar y honrar la diversidad, de voces, de ideas, de formas de ver el mundo, de formas de hacer la cosas. Ojalá que cuando llegue otro juguete a mi pueblo, no nos sorprenda, e incluso nos resulte divertido escuchar a unos decir ‘a mi no me gusta que venga este juguete al pueblo’, mientras que otros afirmen convencidos ‘a mi me parece genial y, ya que está, que arregle todo lo que tenemos pendiente’. Después ya veremos qué hacemos con esta diversidad de voces y opiniones, cómo las encauzamos en una decisión compartida que nos satisfaga a todos. Pero al menos, el punto de partida para este trabajo de consenso no será la rabia, la frustración o el dolor, sino la alegría de poder reconocernos como seres únicos, diferentes y, con todo, iguales en valor y en nuestra capacidad de querer y ser queridos.

8 nov. 2013

Alegría

Capto la realidad a pedazos. El sol de la tarde ilumina el lado opuesto del claustro por encima del primer piso y se infiltra entre los arcos en los que reposan macetas de geranios y begonias. Arriba un cacho de cielo azul sirve de telón de juegos a varias parejas de golondrinas.
Dejo que el bienestar se apodere de mi, me concentro en esa parte del claustro, la única que llama mi atención, y me abstraigo de todo lo demás. Caras conocidas recorren los pasillos y me guiñan un ojo al pasar. Apenas las veo, aunque sin percatarme de ello, les devuelvo el saludo. No pierdo la concentración, que se alza por encima del nivel horizontal en el que se mueven las personas y ocurren las cosas. Para mi sólo cuenta ese espacio iluminado que se abre al firmamento por entre las columnas del patio.
Ni siquiera sé qué siento o si siento algo en absoluto, más allá de una inmensa paz. La música que me llega a través de los cascos sirve como freno a cualquier intento de pensar algo. Resulta curioso observar cómo la música arrastra las ideas, permitiéndome simplemente estar, absorto en el juego de las golondrinas, en los claroscuros de los balcones y en los reflejos de las flores en sus macetas. Tengo la impresión de que la música arrastra también los sentimientos. Sólo queda una profunda placidez y un cúmulo de sensaciones diversas. Diría que me encuentro ante una experiencia estética, uno de esos momentos impregnados de belleza, en los que ésta se presenta en estado puro, sin elaborar. Puros estímulos sensoriales que llenan mis sentidos de luz y color, de silencio y armonía, mientras mi corazón late muy despacio y mi respiración se acompasa con el ritmo del duende del lugar.
Llevo más de una hora tumbado en la hamaca que cuelga en uno de los corredores del patio del claustro de este convento de San Giorgio, contemplando extasiado ese pequeño rincón de luz que se deja ver entre uno de los arcos, en un suave balanceo que me aleja y separa alternadamente de esa imagen fija y retenida en mis ojos. De repente, empiezo a ser consciente del paso del tiempo y, a la vez, una cierta inquietud se apodera de mi, conforme la conciencia me devuelve el vacío de mi experiencia estética.
Estoy a gusto, es cierto, pero ahora descubro que las golondrinas no han parado un instante de jugar sobre el fondo azulado del cielo, entrando y saliendo del patio, buscando sus nidos en las arcadas de la planta alta del claustro. Descubro que las begonias y los geranios se visten de brillantes colores, mientras dirigen sus pétalos hacia el sol, del que obtienen la energía que necesitan en una danza que se repite día y noche. Descubro que los niños y niñas han estado persiguiéndose una y otra vez, explorando cualquier recoveco del convento, llamándose a gritos, juntándose, alejándose y siempre jugando.
Yo simplemente he estado mirando, más de una hora completamente parado, observando atónito un pequeñísimo cacho del universo que se abre ante mis ojos y cerrando todos mis sentidos a cualquier intromisión. He sentido placer primero, después he sentido miedo. Las golondrinas, las flores, los niños… todos están vivos. Su esencia es llenar el espacio, de sonidos, colores, movimiento y también de alegría.
Me gusta el placer que resulta de la contemplación y el silencio, pero sin alegría ¿para qué nos sirve?

30 oct. 2013

Van pasando los años

Van pasando los años, ya van unos cuantos. Y de momento, todo sigue igual. Ninguna verdad se me reveló con absoluta claridad. No sé quién soy, no sé qué hago en este mundo, no sé por qué estoy vivo ni para qué me sirve ser consciente de ello. Tener consciencia de mi propia existencia es algo que, de hecho, me fascina. Todo el mundo es consciente de sí mismo, todo el mundo es consciente de algo, pero nadie que yo conozca es absolutamente consciente de todo. ¿Para qué tener conciencia si no sirve para comprender, si ni siquiera asegura una acción recta y amorosa? Salvo que la conciencia no sea ningún final, no sea algo acabado, sino algo por hacer, algo que se halla en proceso de llegar a ser. Una conciencia imperfecta que evoluciona, sin embargo, hacia horizontes más amplios, de mayor conocimiento y compasión. Tal vez como individuo no sea gran cosa, pero ¿y si fuera un elemento más, tan único como prescindible, de esa gran conciencia universal que va emergiendo lentamente desde la materia y la vida a través de una humanidad que apenas ahora está despertando a su destino? ¿Y si el siguiente paso a esta conciencia individual, todavía pobre, todavía lejos de su máximo esplendor, fuera una conciencia colectiva, alimentada y soportada por millones de seres humanos en permanente conexión, una conciencia común para una nueva esfera del ser, esa noosfera de la que ya otros nos hablaron antes? Sin duda, esta es mi esperanza. Y de alguna manera, a ella me aferro.
Mientras llegan las respuestas, vivo los días con calma, feliz de poder amar y ser amado, de ver salir el sol cada mañana y ponerse al atardecer, de tener un cobijo donde refugiarme y sentir que a mi alrededor reina la paz. Seguro, dentro de mis dudas, de que no cabe otro futuro para la humanidad que el de la paz. De que esta conciencia, de la que ignoro casi todo, seguirá evolucionando hasta preñarse completamente de amor y hacer que la paz lo sea todo en la Tierra. Los años van pasando, y aún sin respuestas, la vida sigue.

PD. Aunque a veces me gustaría tener la convicción de quienes creen, también me pregunto qué puede ser creer sin dudar, ¿no hay punto de auto-engaño en una verdad que se presenta sin fisuras? ¿Y no es dudar una manera piadosa de creer?

29 sept. 2013

Contaminados

Podridos por dentro, desde las entrañas, exudando metales a través de la piel, cargados de tóxicos que acompañan todo lo que comemos, el aire que respiramos, el agua que bebemos, afectados por los genes modificados de la soja y del maíz, contaminados hasta la médula. Siento mi cuerpo cansado, abotargado, gritando callado ante ese flujo de sustancias desconocidas que nos destruyen lentamente. Siento el grito ahogado de mis órganos, la rabia creciente de mis células. ‘Rompiste el contrato’, gritan con desespero, ‘somos tú, ¿por qué no nos das lo prometido? – aire, agua, alimentos sanos’. Contaminación de tejidos e intersticios, por ondas de frecuencias disparatadas, por partículas invisibles que saturan el aire. Todo un exceso de polución, de radiación, para un cuerpo frágil, hecho de barro. Contaminación en el alma, por insoportables ruidos que ocultan el silencio, el latido rítmico de la tierra, en las calles, en los mercados, en discusiones rimbombantes para egos insatisfechos. Por tantas cosas hechas sin gusto, sin amor ni pasión, apenas pensadas para mantener a algunas personas ocupadas mientras otras se llenan los bolsillos. Por una cultura incapaz de cuidar a sus seres queridos.
Contaminados, enfermos, tristes…, no es éste el destino del ser humano. ¿A qué esperamos para cambiarlo?

11 sept. 2013

De colores

Afortunadamente los seres humanos vivimos en un mundo de colores, un mundo alegre, gozoso, enaltecido con la enorme variedad de colores que nos acompañan y que llenan de regocijo cada uno de los rincones y espacios que visitamos cada día. Evidentemente, hay colores que nos gustan más que otros, aunque ninguno sobra, todos son necesarios para resaltar contrastes y matices, para componer luminosas melodías que, como una dulce música, nos atraviesan el alma. ¡Sería tan triste perder la capacidad de vivir la vida en colores, tener que habitar a la fuerza un mundo monótono y gris!

Y sin embargo, es esto lo que hacemos cada vez que negamos a alguien su derecho a defender una opinión, a expresar un punto de vista, a traer a la conversación un color que descartamos de antemano. Con cada rechazo, con cada negación a la expresión diferente del otro, estamos perdiendo un color en nuestras vidas, convirtiendo el mundo en un espacio un poquito más gris. Reivindicamos el derecho a discrepar, a no ser engullidos en una gran corriente cultural de pensamiento único, y eso está bien. Pero a veces no nos damos cuenta que el represivo censor también está en nosotros, semioculto en expresiones como ‘anda ya, no digas tontadas’ que se nos escapan en situaciones en que  tenemos poder, suficiente poder como permitirnos descuidar nuestra relación con una persona que, apabullada, sólo puede agachar las orejas y callarse.

A veces nos sentimos tan apegados a nuestro color, el color de nuestras creencias, de nuestras ideas, de nuestra forma de ver el mundo, que perdemos la capacidad de reconocer y honrar la diversidad de colores que nos rodea. En momentos así haríamos bien en preguntarnos de dónde surge esa íntima y profunda convicción de tener razón, por qué nos resulta tan difícil admitir que tal vez el otro también tiene algo que aportar, que también tiene una parte de la verdad. Si nos adentráramos en estas preguntas, posiblemente descubriríamos que la razón juega un parco papel en todo este proceso, y que aunque tratemos de traer una y mil razones para justificar nuestra causa y denigrar la contraria, lo que de verdad nos influye es el juego de apegos y bloqueos emocionales que nos atraviesan inconscientemente y que posiblemente se remonten a tiempos bien pasados. Con un poquito de trabajo y de práctica aprenderíamos a escuchar al otro en su expresión de lo diferente sin ofendernos ni querer convencer, aprenderíamos a observar el mundo de las ideas como un mundo de colores diversos en el que lo importante no es tanto lo que alguien dice, el color que trae, sino el colorido paisaje que creamos entre todos. Exceptuando a quien defiende explícitamente la violencia o cualquier forma de opresión, un color que sólo se puede asumir desde la infinita compasión, el resto de ideas podrían verse como las piezas de un puzzle que sólo cuando nos damos tiempo para escuchar y encajar nos revelan su tesoro, su profunda sabiduría.

Si los seres humanos hemos sido capaces de convertir en arte la multiplicidad de colores que nos ha dado la vida, haciendo de la pintura una de las principales manifestaciones de la genialidad humana, ¿por qué no podríamos aprender a hacer un arte de la multiplicidad de ideas que pueblan nuestras conversaciones, aunque no estemos de acuerdo con algunas de ellas, aunque muchas nos choquen, nos cuestionen profundamente o nos molesten? Este es el oficio del élder, quien como un adiestrado pintor, acoge en su paleta la diversidad de ideas y creencias, y crea un espacio en el tablero de la vida para que pueda emerger la sabiduría colectiva.

8 jul. 2013

Grupos y necesidades personales

Resulta obvio decir que un grupo está formado por personas, pero ¿son esas mismas personas parte del grupo que forman? La respuesta ya no es tan obvia y pensar alegremente que sí es la causa de numerosos conflictos que se podrían evitar. Aunque parezca extraño, los miembros de un grupo no son exactamente el grupo, siendo más adecuado situarlos en una frontera difusa en la que no es fácil determinar cuándo alguien actúa desde y para el grupo, o desde y por sus intereses personales. Las personas formamos grupos por razones muy diferentes, normalmente para hacer o conseguir algo que difícilmente podríamos conseguir solos. Formar parte de un grupo también nos permite satisfacer algunas necesidades personales, como pertenencia, afecto, reconocimiento, poder, etc., que no hacemos tan explícitas pero que condicionan nuestra forma de estar en un grupo. Lo normal es también que una misma persona forme parte de varios grupos, consiguiendo algo diferente en cada uno de ellos. No nos entregamos completamente a un grupo, ni nuestros intereses personales coinciden siempre con los de los grupos en los que estamos. De hecho, si la divergencia con un grupo es grande, si podemos lo dejamos y buscamos un grupo más afín.

Por su parte, los grupos, aunque están formados por personas, no se reducen a las personas que los forman. Los grupos tienen unos objetivos que cumplir, unas tareas que realizar, unos recursos con los que funcionar... y unas personas que pueden llevar a cabo todas esas funciones. Las personas son sólo una componente más en una compleja red relacional, inserta en un contexto determinado y formada por personas, tareas y recursos en permanente interacción. Sea lo que sea un grupo, su dinámica, identidad y estructura, surge de ese flujo relacional entre sus componentes. De ahí emergen normas, roles, patrones de comunicación, patrones de influencia, mecanismos de cuidado o de opresión, etc. Es decir, un grupo es mucho más que las personas que lo forman, y aunque un grupo no puede existir sin miembros, éstos harían bien en recordar que no son más que una parte de un todo que muchas veces se les escapa.

Todos los grupos tienen más o menos claras sus fronteras externas, saben quién forma parte del grupo y quién queda fuera, saben quiénes son sus potenciales aliados y quiénes podrían hacerles daño. Lo que no saben, o no quieren ver, es que los miembros de un grupo también son parte de su frontera y que así los deberían considerar, en general como buenos aliados, en ocasiones como un peligro del que es necesario protegerse. No deberían olvidar que las personas forman parte de grupos muy diversos, que buscan satisfacer sus intereses individuales y que éstos no siempre coinciden con los intereses del grupo. Y si bien es cierto que, más allá de unos objetivos y una visión, las personas formamos grupos para satisfacer algunas de nuestras necesidades y que por tanto es labor del grupo cuidar de ellas, un grupo debería igualmente plantearse cuáles de esas necesidades personales son legítimas, cuáles puede acoger en un momento determinado y cuáles debe rechazar para no poner en peligro su propia existencia.

En facilitación trabajamos con un triángulo dorado. En un vértice ponemos los resultados u objetivos que un grupo quiere conseguir; en otro vértice ponemos los procesos, la manera en que el grupo se organiza para alcanzar dichos resultados; finalmente, en un tercer vértice ponemos las personas y sus necesidades. Para que un grupo funcione, decimos, debemos atender por igual los tres vértices de este triángulo. Debemos conseguir resultados, utilizar buenos procesos y cuidar las personas y sus necesidades. Lo que no decimos es que en el centro de este triángulo se halla el propio grupo, la razón de ser de todo esto. Cuidar los tres vértices es cuidar el grupo. Es habitual que los grupos fallen por malos procesos, en general por desconocimiento o falta de interés. Pero también es habitual que fallen porque las personas ponen más énfasis en satisfacer sus intereses personales que en cuidar del propio grupo. Y ello se debe a la confusión comentada al inicio. Los miembros de un grupo se ven a sí mismos como una parte fundamental del grupo, hacen coincidir sus necesidades con las del propio grupo, sin darse cuenta que en realidad son elementos fronterizos, que una parte de ellos está en el grupo y que otra parte no lo está.

Reconociendo esta componente externa en todos sus miembros, un grupo podría decidir qué intereses o necesidades personales es legítimo traer al grupo, cuáles se pueden acoger en un momento determinado y cuáles son un potencial peligro para la estabilidad y buen funcionamiento del grupo. En psicología social diversos estudios han tratado de identificar cuáles son las necesidades básicas que una persona busca satisfacer en grupo. Todas parecen reducirse a estas cuatro: afiliación, reconocimiento, poder y recursos. Afiliación se refiere al deseo de ser parte de un grupo, de ser aceptado por otros, e incluye normalmente el deseo de tener relaciones positivas, cálidas, con otras personas, dar y recibir afecto. Para que un grupo pueda atender adecuadamente la necesidad de afecto de sus miembros, debe alcanzar acuerdos, implícitos o explícitos, sobre cuánto tiempo es legítimo dedicar a relaciones interpersonales no productivas, qué tipo de relaciones están permitidas y cuáles no, qué hacer con alguien que muestra una gran necesidad de afecto, etc. Lo que un grupo no puede hacer es asumir incondicionalmente una carencia afectiva en uno de sus miembros como si fuera propia, sobre todo si no tiene capacidad para dar una respuesta adecuada a dicha persona.

La necesidad de reconocimiento tiene que ver con el deseo de sentirnos respetados y valorados por las aportaciones que hacemos al grupo. Está muy relacionada con la autoestima y la confianza en uno mismo. Una persona con baja autoestima suele buscar más el reconocimiento o la atención de los otros, mientras que una persona con alta autoestima no busca tanto el reconocimiento sino la realización personal, el poder expresar en el grupo su capacidad y habilidades. De nuevo, para que un grupo pueda satisfacer esta necesidad de sus miembros debe alcanzar acuerdos sobre cómo hacer explícito el reconocimiento que éstos merecen por sus aportaciones, o cómo asignar tareas y responsabilidades que requieren mayores capacidades o nivel de exigencia. Y de nuevo, lo que un grupo no puede permitir es dejarse arrastrar por el exagerado deseo de reconocimiento de algunas personas, o por un falso sentido de igualdad que impide a personas con grandes capacidades desarrollar todo su potencial.

Aunque no todas las personas tienen la misma necesidad de poder, casi todos los grupos se ven afectados por los deseos de poder de algunos de sus miembros. Su deseo de influir, controlar o tener un impacto en los demás no siempre es por interés propio, muchas veces sólo pretenden hacer cosas que pueden ser beneficiosas para el grupo o incluso para toda la humanidad. En cualquier caso, estas personas suelen ser más argumentativas y defienden con más firmeza su posición en las discusiones grupales, a veces con una fuerza que no resulta fácil contrarrestar. Atender la necesidad de poder de estas personas, a la vez que el grupo mantiene su autonomía y no se convierte en un instrumento de manipulación de los poderosos, es uno de los mayores retos a los que debe enfrentarse un grupo. Para afrontarlo, el grupo necesita buenos líderes, es decir personas con poder dentro del grupo y con la conciencia necesaria para traer estos temas al grupo y darles una solución que pueda ser acordada entre todos. Entre otros acuerdos, el grupo deberá decidir qué grado de disparidad es permisible entre quienes tienen más poder y quienes tienen menos, qué formas de influencia son aceptables, qué hacer con quien abusa de su poder, etc.

Por último, no hay que olvidar que muchas personas están en grupos porque obtienen beneficios tangibles y materiales, recursos que necesitan para satisfacer otras necesidades tal vez más básicas. En casi todos los grupos hay una relación clara entre el poder y el acceso a determinados recursos grupales, económicos o materiales. Normalmente, las personas con más poder tienen privilegios negados para personas con menos poder. Un grupo debe plantearse qué proporción de los recursos grupales puede y debe destinar a sus miembros para compensar su esfuerzo y dedicación, y cuál es el grado de disparidad aceptable en la distribución de recursos. De nuevo, una igualdad forzada en la distribución de recursos no es aconsejable. Permitir ciertos privilegios en las personas con mayor rango o poder puede ser una estrategia mucho más valiosa para el buen funcionamiento grupal, e incluso para las personas con menos poder o rango.

Llegar a acuerdos claros sobre todos estos puntos no es fácil, especialmente si los miembros de un grupo no son conscientes de sus propias necesidades, ni de cómo éstas afectan a la propia dinámica grupal. Incluso es habitual justificar nuestras decisiones por razones éticas o ideológicas, cuando en realidad tales razones esconden deseos o motivaciones mucho más mundanas, como las cuatro necesidades comentadas antes. Entre el individuo y el grupo existe siempre una tensión en tanto que sus necesidades no siempre coinciden. Podemos evitar que dicha tensión se convierta en un conflicto de imprevisibles consecuencias creando espacios que nos permitan ganar conciencia de las razones que impulsan nuestra palabra y nuestras acciones.

1 jun. 2013

¿Quieres ser un/a élder?

¿Quieres convertirte en un/a élder? Haz el siguiente experimento. Elige una persona con la que no te lleves bien, o con la que tengas una relación difícil y conflictiva, y sitúala delante de ti, en tu mente. Quédate un rato mirándola en tu imaginación, fijándote en los rasgos de su cara, en como el tiempo va dejando huella en esa persona. Trata de verla desde la distancia, casi como si no la conocieras de nada. Intenta imaginar su vida, sus dificultades para llegar hasta aquí, sus conflictos internos, sus dudas y su propia inquietud ante un futuro incierto. Descubre la fragilidad que se esconde tras su fuerte apariencia, sus desesperados intentos para hacerse querer. Observa la punta de perplejidad que se esconde tras su cara de ira, de frustración, o de odio. Observa el esfuerzo tan increíble que esta haciendo para mantener esa máscara, para aparentar fortaleza. Ella no lo sabe, claro, y tú tal vez pienses que no le cuesta nada ser así, comportarse así, tal vez pienses que lo suyo es joder, hacer daño a los demás, hacerte daño. Observa con detenimiento y descubrirás la máscara y sus grietas, casi podrás ver cómo se resquebraja ante ti. Pero sostenla todavía un instante y colócala a un lado.
Piensa ahora en ti misma, en tu propia fragilidad, en tus dificultades para transmitir al mundo tu mensaje, lo que quieres ser o llegar a ser. Observa cómo el miedo, la frustración o la rabia van dejando huella en tu rostro, cómo la impotencia te detiene y te impide ser el hombre o la mujer infinitamente amorosa que llevas dentro. Observa tu propia máscara, todo lo que callas, lo que no te permites expresar. Mírate desde lejos, sin dar espacio a esos pensamientos que tan pronto te halagan como te critican sin piedad. Cuando estés lista, en la conciencia de una pura observadora del presente, coloca tu imagen al lado de la imagen de la otra persona, justo delante de ti, y quédate así un rato mirando. Como élder verás dos personas en un esfuerzo ingente por sobrevivir, por ser felices, por recibir atención y amor, intentándolo con todas sus fuerzas, a veces con torpeza, a veces recurriendo a estrategias que hieren a otras personas, a veces abusando de su poder. Dos personas que no saben hacerlo mejor, atrapadas en viejos patrones de agresión o venganza de los que ni siquiera son conscientes, prisioneras de un yo culturalmente hecho para competir y luchar por lo que considera su verdad. Pero sobre todo, verás dos personas que son hijas del amor, hijas de la vida, dos personas que están aquí casi de milagro, fruto de complejas circunstancias en una larga historia que comenzó hace millones de años. Míralas bien, son un milagro, son vida.

16 may. 2013

No soy creyente, ¿nunca lo he sido?

No soy creyente, nunca lo he sido. Ya de pequeño sospechaba del infierno, con todos sus horrores y gentes ardiendo en un fuego eterno. Dios, los ángeles o el diablo no pasaban de ser unos simples dibujos que me gustaba colorear. Nunca encontré razones para ser cristiano, ni siquiera un buen cristiano, y no puedo imaginar por qué habría de ser distinto con otras religiones. Tampoco es cuestión de razones, más bien de sentires. No lo siento, no veo el sentido, no despierta nada en mi toda esa historia de un dios creador, un dios padre, un dios que nos habría elegido como sus hijos. Con todo, entiendo que el ser humano es un animal de sentido, un ser que busca el sentido en todo lo que hace, que quiere dar sentido a todo lo que vive, que se enfrenta con pasión al misterio de la existencia, que sufre ante el vacío de la muerte. Entiendo que el ser humano es necesariamente un ser espiritual, un ser que reconoce su finitud a la vez que busca desesperadamente maneras de ir más lejos y extenderse al infinito, un ser que se sobrecoge ante el misterio de la vida y la existencia, y que aspira a fundirse con ellas.

No es fácil creer en estos tiempos, y valoro profundamente a los creyentes de dioses bondadosos, pero creer tiene un punto de comodidad, un ‘ya está, tema arreglado’. Los que no creemos lo tenemos igual de difícil, además de resultarnos incómodo. La pregunta por el sentido surge con fuerza una y otra vez, generando angustia, una profunda tensión interna, especialmente cuando las respuestas se agotan. Ni siquiera sirve sustituir un dios hecho a la medida del hombre por una energía cósmica, una luz universal o cualquier otra manera moderna de representar a dios como fuente esencial de lo que existe. Ninguna de estas respuestas satisface a un no creyente. La espiritualidad no puede basarse en un dios trascendente, ha de atravesarnos como parte de lo que ya somos. El sentido no puede estar fuera, sólo dentro, acompañando emociones escondidas que apenas nos atrevemos a expresar, atrapados como estamos en vidas sin sentido. El sentido está en esa mirada de agradecimiento que te llega cuando tu vida se convierte en servicio, en esa luz interior que nos alumbra en noches de historias y cuentos, en la lectura y relectura de nuestra propia historia como personas y como especie, en la contemplación absorta de la naturaleza y su infinita belleza... El sentido nos atraviesa cuando lo nuevo emerge preñado de amor y delicadeza. Entonces todo tiene sentido y mi fe por la vida y por la humanidad se renueva.

30 abr. 2013

Un mundo sin propiedad

En un mundo ideal no existiría la propiedad privada, no más allá de ese espacio justo para gozar de intimidad, esconder nuestros miedos o expresar nuestra creatividad individual. No habría casas vacías ni tierras abandonadas, ni puertas, vallas o cerrojos legales para impedir el acceso. En un mundo ideal tener cobijo o un pedazo de tierra en el que cultivar alimentos estaría al alcance de todas las personas. Nadie debería morir por ello, nadie debería beneficiarse de ello. No parece que ese sea el destino inmediato del ser humano, a pesar de que cada vez somos más habitantes en el planeta y más urgente resulta compartir. Qué lástima que en los pocos lugares que existen sin propiedad privada, donde la tierra es de todos y está al alcance de todos, se necesite mano dura para mantener y proteger esta opción de la codicia de aquellos que esperan cualquier resquicio para apoderarse de lo que dicen es 'suyo'. Y qué lástima que nosotros mismos nos aferremos a nuestras propiedades como única garantía ante un futuro incierto, como si disponer de casas y tierras nos fuera a salvar de la muerte, cuando lo más probable es que, por no compartir, en muchos pueblos de nuestra geografía simplemente muramos en soledad.

1 abr. 2013

Neurobiología interpersonal

No existe un acuerdo sobre qué es la mente, ni entre la comunidad científica ni entre la amplia comunidad de seres humanos que ha pensado, reflexionado o indagado sobre ello. Algunas cuestiones sobre su naturaleza, sin embargo, van encontrando poco a poco un consenso cada vez mayor. La mente no es, a decir de muchos, una cosa, algo que precise una substancia o soporte, sea éste material o espiritual. Sería más bien un proceso, o un conjunto de procesos, compuesta por verbos como sentir, percibir, emocionarse, pensar, razonar, esperar, desear, amar o experimentar compasión, incluyendo el tener conciencia de nosotros mismos, de nuestra existencia como seres vivos y de los propios procesos mentales que vivimos subjetivamente. El propio yo sería, de acuerdo con esta visión, uno más de estos procesos mentales, un simple verbo que se conjuga reflexivamente, finalmente una ilusión de la misma mente, como bien saben en Oriente desde hace siglos. El hecho de que nos veamos como un sujeto que mantiene su identidad a lo largo del tiempo no parece invalidar esta verdad. La mente es mucho mayor que nuestro pequeño yo e incluye procesos que escapan a la conciencia subjetiva, muchos de ellos con la capacidad de influenciar una y otra vez un yo tan inestable como inseguro.
Pero si el yo, nuestro pequeño yo, no es el sujeto de estas acciones, sino más bien su consecuencia, ¿quién se halla detrás de todos esos procesos que conforman la mente? ¿Quién es el sujeto de todos esos verbos, sentir, pensar, soñar o amar? En este punto el acuerdo se rompe y cada persona es libre de creer lo que quiera. En la tradición occidental, que prima lo igual sobre lo diferente, lo que permanece sobre lo que cambia, lo fijo sobre lo relacional, es habitual pensar que detrás de los procesos mentales que nos acompañan subjetivamente existe una substancia inmutable y permanente, un alma que contiene nuestro auténtico ser más allá de todo cambio o manifestación externa y contextual, una esencia individual que nos define como personas. Y esto es lo que creen muchas personas en el mundo, con ligeros cambios en cuanto a los atributos del alma y su relación con la eternidad. Sin embargo, desde otra perspectiva, más taoísta, más inclinada a percibir el mundo desde las relaciones y no desde lo que se relaciona, muchas personas, entre las que me incluyo, pesamos que detrás de los procesos mentales no hay sino más procesos, y para ser más claros y en plena concordancia con lo que afirma la neurobiología interpersonal, podríamos decir que detrás de los procesos mentales no hay sino procesos biológicos que involucran a nuestro cuerpo y, en última instancia, a la totalidad de la vida y, por otro lado, procesos sociales que incluyen nuestras relaciones con otras personas y con el mundo que nos rodea. Desde esta perspectiva, la mente no es sino el resultado emergente del flujo relacional en el que se halla inmerso nuestro cuerpo en tanto que ser vivo y ser social. Lo singular de cada persona no estaría por tanto en el alma, totalmente prescindible, sino en su historia, en el relato único e irrepetible de vivencias que nos hacen tanto como nos condicionan, vivencias que incluyen el legado de nuestro linaje y de nuestra ancestralidad como seres humanos.
En cualquier caso, e independientemente de que el alma exista o no, la idea de que la mente no se reduce al cerebro, o que los procesos mentales no son la consecuencia de procesos exclusivamente neurológicos, está ganando cada vez más adeptos. Empezamos a saber que, de alguna manera, todo nuestro cuerpo está involucrado en estos procesos, influyendo claramente en cómo sentimos, pensamos, recordamos el pasado o planeamos para el futuro. Lo interesante de la neurobiología interpersonal, una propuesta ya no tan mayoritaria, es que además de poner la mente en el cuerpo (mente corporeizada), afirma igualmente que la mente se halla también en nuestras relaciones con otras personas y con el entorno y que, en este sentido, los procesos mentales que experimentamos subjetivamente dependen en gran medida del contexto social y natural en el que estamos inmersos y de la manera en que nos relacionamos. Y en consecuencia, la calidad de nuestras emociones, estados de ánimo, pensamientos, deseos o expectativas estaría totalmente relacionada con la calidad de nuestras relaciones, de manera que cuanto más armoniosas, integradoras, o satisfactorias sean éstas, más armoniosas, alegres y plenas serían nuestras emociones, nuestras experiencias mentales y, en última instancia, nuestras experiencias vitales, pues al estar la mente en estrecha relación con el cuerpo, cabe añadir que a toda experiencia mental plena y satisfactoria correspondería una experiencia corporal igualmente plena y satisfactoria.
Podemos pues trabajar nuestras relaciones, especialmente a través de una comunicación empática e integradora, para sentirnos mejor, disfrutar más de la vida y mejorar la vitalidad de nuestro cuerpo, tanto como podemos trabajar en nuestro cuerpo y desde la conciencia para mejorar nuestras relaciones, a través de prácticas como el yoga, la meditación o la introspección, orientadas a desarrollar intencionalmente nuestra capacidad de estar en el mundo con plena conciencia, presencia y apertura a lo que es.
Si quieres saber más sobre los fundamentos científicos de esta teoría: http://drdansiegel.com/about/interpersonal_neurobiology/

28 feb. 2013

Carrera 13, #94A, 26, Bogotá

Siempre he sentido fascinación por las grandes ciudades, por la diversidad de personas que recorren sus calles, por la variedad de colores y aromas que permean cada uno de sus barrios. Me siento en una terraza, a veces una terraza cualquiera de un barrio cualquiera, y veo pasar a la gente mientras saboreo una caña o un juguito, y dejo que mis pensamientos fluyan sin orden. Cada persona que pasa es una invitación a soñar, cada percepción, la apertura a un mundo desconocido. Lo importante es no dejarse atrapar por nada concreto, sólo estar, y disfrutar.
Como ahora, disfrutando de un juguito de remolacha y zanahoria en el Juice Bar de Tatis, en el Uva, en Bogotá, en la carrera 13 con la 94A. Enfrente, un restaurante francés, Donde Gilles, me lleva a recordar mis días en París. Y por un instante, mi imaginación me transporta a alguno de esos lugares encantadores que me gustaba visitar: El Sol, en el boulevard Ménilmontant, el Piston Pelican, en la rue de Bagnolet, Les Couleurs en la rue de Saint-Maur…
Me dejo vagar sólo un instante antes de volver a donde estoy ahora, para fijarme de nuevo en la gente que pasa, la mayoría caminando con decisión, ocupados en llegar a tiempo a algún lugar donde importa su presencia. Un pensamiento penetra entonces en mi mente, envolviendo una rica sensación con sabor a remolacha. Me veo sentado aquí, en el restaurante de Tatis, disfrutando del momento, del ligero chispeo de un cielo que no termina de clarear ni de cubrirse, viendo la gente pasar decidida, mientras me dejo imbuir por la idea de que todas esas personas tan ocupadas que caminan de un lado para otro con tanta determinación están en realidad trabajando para mi, para que yo pueda estar aquí, sentado, relajado, disfrutando de la vida, por un instante hecha delicioso jugo de remolacha y zanahoria. Y me siento agradecido por toda su laboriosidad, por su esfuerzo en asegurar que todo está perfecto, que en este momento, en este lugar, yo pueda estar aquí sentado, en Bogotá, en una terraza de la carrera 13, con la calle 94A, tomando un rico jugo preparado por amorosas manos, mientras el tiempo se detiene y el futuro no importa, sólo un ahora cargado de ricos matices y texturas. Y pienso entonces que ellas, todas esas personas que están en esos momentos trabajando para que yo pueda estar ahí, también se merecen un momento así, un instante de pura eternidad, y pienso entonces que yo les debo algo, que debo ocuparme de ellas, poner mi granito de arena para que cada una de ellas encuentre su tiempo y su espacio, que quiero sostener su bienestar, con mi trabajo, con mi saber hacer. Aunque, claro, eso tendrá que esperar para otro momento, porque ahora sólo me es posible estar aquí, en el presente, vivenciando intensamente el instante, gozando, sí, aquí, en el Uva, el juice bar de Tatis, en la carrera 13 #94A, 26, Bogotá.

29 ene. 2013

Envolturas

Cosas que me envuelven: Un espacio que no puedo llenar, un tiempo que no puedo seguir, el acerado brillo metálico de las relaciones humanas, el temor del abismo y la muerte, el miedo a quedarme sólo y abandonado… Una manta recia y cálida en la noche fría, el contacto con una idea amable y abierta, el baile interminable, desafiante, apasionado de la vida; un beso, una caricia furtiva en un día gris, todas las músicas que conectan con el corazón rítmico de la tierra, la expresión de un ser desnudo... que ante todo ama.
Envuelto me presento al mundo y a mi mismo. Envuelto me lleno de consistencia, me hago visible. Mis mejores ideas, mis anhelados deseos, mis temores más profundos, sólo son los harapos con los que me disfrazo para que tú me veas. Tú tampoco eres diferente. Te acercas a mi envuelto en tu aura de misterio, en acomodadas palabras, en el temor y la perplejidad de lo desconocido. No nos conocemos, por eso esperamos.
Yo espero a ver cómo te desenvuelves, cómo te muestras. Espero a que te pongas al descubierto, a que reveles tu verdad. Espero a que te desnudes. Y sólo en la medida que tú lo haces, paso a paso, yo me desenvuelvo ante ti, también paso a paso. Eso es lo que me dijeron, lo que aprendí: desconfía de las envolturas de la gente, no te fíes de lo aparente, y espera.
Ahora estoy aprendiendo a mostrarme en todo momento, sin espera. Estoy aprendiendo a envolverme de la confianza necesaria, a desenvolverme sin tapujos en cualquier situación en la que tú y yo coincidimos. Desde mi primer encuentro contigo, procuro ponerme al descubierto, desenvuelto, aun cuando todavía sienta ahí fuera un frío que me cala hasta los huesos, aún cuando el temor a la oscura inmensidad que tú abres con tu presencia se lance presto sobre mi para envolverme de confusión y miedo. Pacto con mis miedos aperturas posibles en su manto sólido y gris, desde las que mostrarme a ti. Envuelto en miedo y amor, envuelto en dicha y pesar, envuelto en la infinidad de líneas que me conectan contigo, que me unen a ti. Desenvuelto, en fin.