16 may. 2013

No soy creyente, ¿nunca lo he sido?

No soy creyente, nunca lo he sido. Ya de pequeño sospechaba del infierno, con todos sus horrores y gentes ardiendo en un fuego eterno. Dios, los ángeles o el diablo no pasaban de ser unos simples dibujos que me gustaba colorear. Nunca encontré razones para ser cristiano, ni siquiera un buen cristiano, y no puedo imaginar por qué habría de ser distinto con otras religiones. Tampoco es cuestión de razones, más bien de sentires. No lo siento, no veo el sentido, no despierta nada en mi toda esa historia de un dios creador, un dios padre, un dios que nos habría elegido como sus hijos. Con todo, entiendo que el ser humano es un animal de sentido, un ser que busca el sentido en todo lo que hace, que quiere dar sentido a todo lo que vive, que se enfrenta con pasión al misterio de la existencia, que sufre ante el vacío de la muerte. Entiendo que el ser humano es necesariamente un ser espiritual, un ser que reconoce su finitud a la vez que busca desesperadamente maneras de ir más lejos y extenderse al infinito, un ser que se sobrecoge ante el misterio de la vida y la existencia, y que aspira a fundirse con ellas.

No es fácil creer en estos tiempos, y valoro profundamente a los creyentes de dioses bondadosos, pero creer tiene un punto de comodidad, un ‘ya está, tema arreglado’. Los que no creemos lo tenemos igual de difícil, además de resultarnos incómodo. La pregunta por el sentido surge con fuerza una y otra vez, generando angustia, una profunda tensión interna, especialmente cuando las respuestas se agotan. Ni siquiera sirve sustituir un dios hecho a la medida del hombre por una energía cósmica, una luz universal o cualquier otra manera moderna de representar a dios como fuente esencial de lo que existe. Ninguna de estas respuestas satisface a un no creyente. La espiritualidad no puede basarse en un dios trascendente, ha de atravesarnos como parte de lo que ya somos. El sentido no puede estar fuera, sólo dentro, acompañando emociones escondidas que apenas nos atrevemos a expresar, atrapados como estamos en vidas sin sentido. El sentido está en esa mirada de agradecimiento que te llega cuando tu vida se convierte en servicio, en esa luz interior que nos alumbra en noches de historias y cuentos, en la lectura y relectura de nuestra propia historia como personas y como especie, en la contemplación absorta de la naturaleza y su infinita belleza... El sentido nos atraviesa cuando lo nuevo emerge preñado de amor y delicadeza. Entonces todo tiene sentido y mi fe por la vida y por la humanidad se renueva.