8 jul. 2013

Grupos y necesidades personales

Resulta obvio decir que un grupo está formado por personas, pero ¿son esas mismas personas parte del grupo que forman? La respuesta ya no es tan obvia y pensar alegremente que sí es la causa de numerosos conflictos que se podrían evitar. Aunque parezca extraño, los miembros de un grupo no son exactamente el grupo, siendo más adecuado situarlos en una frontera difusa en la que no es fácil determinar cuándo alguien actúa desde y para el grupo, o desde y por sus intereses personales. Las personas formamos grupos por razones muy diferentes, normalmente para hacer o conseguir algo que difícilmente podríamos conseguir solos. Formar parte de un grupo también nos permite satisfacer algunas necesidades personales, como pertenencia, afecto, reconocimiento, poder, etc., que no hacemos tan explícitas pero que condicionan nuestra forma de estar en un grupo. Lo normal es también que una misma persona forme parte de varios grupos, consiguiendo algo diferente en cada uno de ellos. No nos entregamos completamente a un grupo, ni nuestros intereses personales coinciden siempre con los de los grupos en los que estamos. De hecho, si la divergencia con un grupo es grande, si podemos lo dejamos y buscamos un grupo más afín.

Por su parte, los grupos, aunque están formados por personas, no se reducen a las personas que los forman. Los grupos tienen unos objetivos que cumplir, unas tareas que realizar, unos recursos con los que funcionar... y unas personas que pueden llevar a cabo todas esas funciones. Las personas son sólo una componente más en una compleja red relacional, inserta en un contexto determinado y formada por personas, tareas y recursos en permanente interacción. Sea lo que sea un grupo, su dinámica, identidad y estructura, surge de ese flujo relacional entre sus componentes. De ahí emergen normas, roles, patrones de comunicación, patrones de influencia, mecanismos de cuidado o de opresión, etc. Es decir, un grupo es mucho más que las personas que lo forman, y aunque un grupo no puede existir sin miembros, éstos harían bien en recordar que no son más que una parte de un todo que muchas veces se les escapa.

Todos los grupos tienen más o menos claras sus fronteras externas, saben quién forma parte del grupo y quién queda fuera, saben quiénes son sus potenciales aliados y quiénes podrían hacerles daño. Lo que no saben, o no quieren ver, es que los miembros de un grupo también son parte de su frontera y que así los deberían considerar, en general como buenos aliados, en ocasiones como un peligro del que es necesario protegerse. No deberían olvidar que las personas forman parte de grupos muy diversos, que buscan satisfacer sus intereses individuales y que éstos no siempre coinciden con los intereses del grupo. Y si bien es cierto que, más allá de unos objetivos y una visión, las personas formamos grupos para satisfacer algunas de nuestras necesidades y que por tanto es labor del grupo cuidar de ellas, un grupo debería igualmente plantearse cuáles de esas necesidades personales son legítimas, cuáles puede acoger en un momento determinado y cuáles debe rechazar para no poner en peligro su propia existencia.

En facilitación trabajamos con un triángulo dorado. En un vértice ponemos los resultados u objetivos que un grupo quiere conseguir; en otro vértice ponemos los procesos, la manera en que el grupo se organiza para alcanzar dichos resultados; finalmente, en un tercer vértice ponemos las personas y sus necesidades. Para que un grupo funcione, decimos, debemos atender por igual los tres vértices de este triángulo. Debemos conseguir resultados, utilizar buenos procesos y cuidar las personas y sus necesidades. Lo que no decimos es que en el centro de este triángulo se halla el propio grupo, la razón de ser de todo esto. Cuidar los tres vértices es cuidar el grupo. Es habitual que los grupos fallen por malos procesos, en general por desconocimiento o falta de interés. Pero también es habitual que fallen porque las personas ponen más énfasis en satisfacer sus intereses personales que en cuidar del propio grupo. Y ello se debe a la confusión comentada al inicio. Los miembros de un grupo se ven a sí mismos como una parte fundamental del grupo, hacen coincidir sus necesidades con las del propio grupo, sin darse cuenta que en realidad son elementos fronterizos, que una parte de ellos está en el grupo y que otra parte no lo está.

Reconociendo esta componente externa en todos sus miembros, un grupo podría decidir qué intereses o necesidades personales es legítimo traer al grupo, cuáles se pueden acoger en un momento determinado y cuáles son un potencial peligro para la estabilidad y buen funcionamiento del grupo. En psicología social diversos estudios han tratado de identificar cuáles son las necesidades básicas que una persona busca satisfacer en grupo. Todas parecen reducirse a estas cuatro: afiliación, reconocimiento, poder y recursos. Afiliación se refiere al deseo de ser parte de un grupo, de ser aceptado por otros, e incluye normalmente el deseo de tener relaciones positivas, cálidas, con otras personas, dar y recibir afecto. Para que un grupo pueda atender adecuadamente la necesidad de afecto de sus miembros, debe alcanzar acuerdos, implícitos o explícitos, sobre cuánto tiempo es legítimo dedicar a relaciones interpersonales no productivas, qué tipo de relaciones están permitidas y cuáles no, qué hacer con alguien que muestra una gran necesidad de afecto, etc. Lo que un grupo no puede hacer es asumir incondicionalmente una carencia afectiva en uno de sus miembros como si fuera propia, sobre todo si no tiene capacidad para dar una respuesta adecuada a dicha persona.

La necesidad de reconocimiento tiene que ver con el deseo de sentirnos respetados y valorados por las aportaciones que hacemos al grupo. Está muy relacionada con la autoestima y la confianza en uno mismo. Una persona con baja autoestima suele buscar más el reconocimiento o la atención de los otros, mientras que una persona con alta autoestima no busca tanto el reconocimiento sino la realización personal, el poder expresar en el grupo su capacidad y habilidades. De nuevo, para que un grupo pueda satisfacer esta necesidad de sus miembros debe alcanzar acuerdos sobre cómo hacer explícito el reconocimiento que éstos merecen por sus aportaciones, o cómo asignar tareas y responsabilidades que requieren mayores capacidades o nivel de exigencia. Y de nuevo, lo que un grupo no puede permitir es dejarse arrastrar por el exagerado deseo de reconocimiento de algunas personas, o por un falso sentido de igualdad que impide a personas con grandes capacidades desarrollar todo su potencial.

Aunque no todas las personas tienen la misma necesidad de poder, casi todos los grupos se ven afectados por los deseos de poder de algunos de sus miembros. Su deseo de influir, controlar o tener un impacto en los demás no siempre es por interés propio, muchas veces sólo pretenden hacer cosas que pueden ser beneficiosas para el grupo o incluso para toda la humanidad. En cualquier caso, estas personas suelen ser más argumentativas y defienden con más firmeza su posición en las discusiones grupales, a veces con una fuerza que no resulta fácil contrarrestar. Atender la necesidad de poder de estas personas, a la vez que el grupo mantiene su autonomía y no se convierte en un instrumento de manipulación de los poderosos, es uno de los mayores retos a los que debe enfrentarse un grupo. Para afrontarlo, el grupo necesita buenos líderes, es decir personas con poder dentro del grupo y con la conciencia necesaria para traer estos temas al grupo y darles una solución que pueda ser acordada entre todos. Entre otros acuerdos, el grupo deberá decidir qué grado de disparidad es permisible entre quienes tienen más poder y quienes tienen menos, qué formas de influencia son aceptables, qué hacer con quien abusa de su poder, etc.

Por último, no hay que olvidar que muchas personas están en grupos porque obtienen beneficios tangibles y materiales, recursos que necesitan para satisfacer otras necesidades tal vez más básicas. En casi todos los grupos hay una relación clara entre el poder y el acceso a determinados recursos grupales, económicos o materiales. Normalmente, las personas con más poder tienen privilegios negados para personas con menos poder. Un grupo debe plantearse qué proporción de los recursos grupales puede y debe destinar a sus miembros para compensar su esfuerzo y dedicación, y cuál es el grado de disparidad aceptable en la distribución de recursos. De nuevo, una igualdad forzada en la distribución de recursos no es aconsejable. Permitir ciertos privilegios en las personas con mayor rango o poder puede ser una estrategia mucho más valiosa para el buen funcionamiento grupal, e incluso para las personas con menos poder o rango.

Llegar a acuerdos claros sobre todos estos puntos no es fácil, especialmente si los miembros de un grupo no son conscientes de sus propias necesidades, ni de cómo éstas afectan a la propia dinámica grupal. Incluso es habitual justificar nuestras decisiones por razones éticas o ideológicas, cuando en realidad tales razones esconden deseos o motivaciones mucho más mundanas, como las cuatro necesidades comentadas antes. Entre el individuo y el grupo existe siempre una tensión en tanto que sus necesidades no siempre coinciden. Podemos evitar que dicha tensión se convierta en un conflicto de imprevisibles consecuencias creando espacios que nos permitan ganar conciencia de las razones que impulsan nuestra palabra y nuestras acciones.