30 nov. 2013

Un juguete en mi pueblo


Hace unos días llegó un juguete a mi pueblo, una pala excavadora capaz de hacer unos agujeros enormes en el suelo en un plis. Hicimos una balsa, limpiamos un antiguo depósito, sacamos escombros de un lugar, rebajamos la calle para quitar futura humedad en una casa... Una maravilla!!! Con un juguete así, levantábamos el pueblo en cuatro días. Bueno, no todo fue de color de rosas, hubo algunos problemillas. Tomar decisiones en tan poco tiempo no es fácil, el alquiler de la pala costaba un riñón y no podía perder ni un minuto, y había que decidir. No hubo tiempo para hablar con todos los vecinos, consensuar una decisión, y algunos se enfadaron con las decisiones tomadas. Esta es nuestra dinámica habitual en el pueblo, enfadarnos por lo que hacen otros y no reconocer, o no prestar suficiente atención a lo que hacemos nosotros y afecta a los demás. O al menos, ha sido la dinámica habitual durante muchos años. Una pena.

Tal vez algún día nos atrevamos siquiera a pensar que nadie hace las cosas para fastidiar, que cada uno hace lo que puede en cada momento, que la respuesta de una persona a una situación nueva es el resultado de un saber acumulado por esa persona durante años y que, por tanto, es la mejor respuesta que es capaz de dar en ese momento. Ojalá fuéramos capaces de ver que si nuestra respuesta es diferente se debe simplemente al hecho de que nuestra experiencia vital es diferente, pero no por ello somos mejores ni peores que los demás. Que nadie merece ser juzgado porque lo que hace o dice no nos gusta. Ojalá pudiéramos escuchar las explicaciones de los demás con atención, respeto y empatía, y desde ahí hablar asertivamente para decir cómo vemos nosotros las cosas, qué hubiéramos hecho en una situación dada, qué sentimientos nos ha generado lo ocurrido, o que propuesta tenemos para resolverla. Todos aprenderíamos de una comunicación así, una comunicación sin juicio moral ni castigo, empática en la escucha y asertiva en la expresión de nuestra opinión.

Para llegar a esta comunicación hay un paso difícil, consiste en no creer totalmente a nuestro querido yo cuando se pone tozudo y empieza a afirmar rotundamente que su verdad es la verdad, que su forma de ver o hacer las cosas es la correcta, y que por tanto, los demás están equivocados (y tal vez merecen ser reprobados o castigados por ello). Es un paso difícil porque implica aprender a desidentificarse de ti mismo, ir más allá del ego al descubrimiento de un ser que siento tú, escapa a tu control.

Podemos empezar con una práctica sencilla, como ‘suspender’ o poner en paréntesis algunas de nuestras ideas cuando estamos conversando con alguien, esto es formularlas con expresiones como “es lo que yo pienso, pero tal vez pueda ser de otra manera”, a la vez que desarrollamos una actitud de estar realmente abiertos a cómo sería esa otra manera. Suspender una idea no significa dejar de quererla, sólo es crear un huequecito en nuestra forma de percibir el mundo para que puedan caber otras ideas diferentes. Además con el tiempo, todas esas ideas, las que nos gustan y las que no, terminan fertilizando nuestro ser y dan vida a nuevas ideas que nos enriquecen y expanden nuestra conciencia. Con el tiempo y con práctica estaremos en condiciones de suspender muchos de nuestros pensamientos, y con más tiempo, más práctica y convicción, podremos llegar a suspender incluso nuestros valores más sagrados. No renunciamos a ellos, sólo hacemos hueco para incluir y dejar que un nuevo ser emerja.

Todo el tema de la comunidad se reduce a apreciar y honrar la diversidad, de voces, de ideas, de formas de ver el mundo, de formas de hacer la cosas. Ojalá que cuando llegue otro juguete a mi pueblo, no nos sorprenda, e incluso nos resulte divertido escuchar a unos decir ‘a mi no me gusta que venga este juguete al pueblo’, mientras que otros afirmen convencidos ‘a mi me parece genial y, ya que está, que arregle todo lo que tenemos pendiente’. Después ya veremos qué hacemos con esta diversidad de voces y opiniones, cómo las encauzamos en una decisión compartida que nos satisfaga a todos. Pero al menos, el punto de partida para este trabajo de consenso no será la rabia, la frustración o el dolor, sino la alegría de poder reconocernos como seres únicos, diferentes y, con todo, iguales en valor y en nuestra capacidad de querer y ser queridos.

8 nov. 2013

Alegría

Capto la realidad a pedazos. El sol de la tarde ilumina el lado opuesto del claustro por encima del primer piso y se infiltra entre los arcos en los que reposan macetas de geranios y begonias. Arriba un cacho de cielo azul sirve de telón de juegos a varias parejas de golondrinas.
Dejo que el bienestar se apodere de mi, me concentro en esa parte del claustro, la única que llama mi atención, y me abstraigo de todo lo demás. Caras conocidas recorren los pasillos y me guiñan un ojo al pasar. Apenas las veo, aunque sin percatarme de ello, les devuelvo el saludo. No pierdo la concentración, que se alza por encima del nivel horizontal en el que se mueven las personas y ocurren las cosas. Para mi sólo cuenta ese espacio iluminado que se abre al firmamento por entre las columnas del patio.
Ni siquiera sé qué siento o si siento algo en absoluto, más allá de una inmensa paz. La música que me llega a través de los cascos sirve como freno a cualquier intento de pensar algo. Resulta curioso observar cómo la música arrastra las ideas, permitiéndome simplemente estar, absorto en el juego de las golondrinas, en los claroscuros de los balcones y en los reflejos de las flores en sus macetas. Tengo la impresión de que la música arrastra también los sentimientos. Sólo queda una profunda placidez y un cúmulo de sensaciones diversas. Diría que me encuentro ante una experiencia estética, uno de esos momentos impregnados de belleza, en los que ésta se presenta en estado puro, sin elaborar. Puros estímulos sensoriales que llenan mis sentidos de luz y color, de silencio y armonía, mientras mi corazón late muy despacio y mi respiración se acompasa con el ritmo del duende del lugar.
Llevo más de una hora tumbado en la hamaca que cuelga en uno de los corredores del patio del claustro de este convento de San Giorgio, contemplando extasiado ese pequeño rincón de luz que se deja ver entre uno de los arcos, en un suave balanceo que me aleja y separa alternadamente de esa imagen fija y retenida en mis ojos. De repente, empiezo a ser consciente del paso del tiempo y, a la vez, una cierta inquietud se apodera de mi, conforme la conciencia me devuelve el vacío de mi experiencia estética.
Estoy a gusto, es cierto, pero ahora descubro que las golondrinas no han parado un instante de jugar sobre el fondo azulado del cielo, entrando y saliendo del patio, buscando sus nidos en las arcadas de la planta alta del claustro. Descubro que las begonias y los geranios se visten de brillantes colores, mientras dirigen sus pétalos hacia el sol, del que obtienen la energía que necesitan en una danza que se repite día y noche. Descubro que los niños y niñas han estado persiguiéndose una y otra vez, explorando cualquier recoveco del convento, llamándose a gritos, juntándose, alejándose y siempre jugando.
Yo simplemente he estado mirando, más de una hora completamente parado, observando atónito un pequeñísimo cacho del universo que se abre ante mis ojos y cerrando todos mis sentidos a cualquier intromisión. He sentido placer primero, después he sentido miedo. Las golondrinas, las flores, los niños… todos están vivos. Su esencia es llenar el espacio, de sonidos, colores, movimiento y también de alegría.
Me gusta el placer que resulta de la contemplación y el silencio, pero sin alegría ¿para qué nos sirve?