30 may. 2014

De vuelta a la caverna

Llevo años aprendiendo, tratando de arrancarme inútiles corazas levantadas para protegerme, restableciendo puentes con la vida, atreviéndome a ser feliz. Supe hace tiempo de la violencia que entraña una comunicación falta de empatía y respeto por el otro, del dolor que genera el mal uso de un poder que no me es extraño, de lo fácil que resulta caer en estrategias victimistas que apelan a una falsa inocencia y a una sempiterna responsabilidad ajena. Entré lentamente en espacios de meditación en los que vaciar la mente y abrirme a una nueva conciencia, me esforcé en recuperar el niño interior y su capacidad de asombro, en reconectar con una naturaleza durante mucho tiempo abandonada. Reconocí como falsas muchas creencias culturales, sobre la igualdad, la libertad, la identidad individual, y contribuí a desvelar los mitos que justifican y sostienen la opresión en todos sus niveles, me di cuenta de las trampas inherentes a todo ‘ismo’. Redescubrí una comunidad posible y por hacer, una comunidad de individuos conscientes y expresivos, de personas creativas, confiadas, participantes, una comunidad en la que cada cual pueda alcanzar su potencial, llegar a ser todo lo que sea capaz de ser, una comunidad basada en el cuidado, la creatividad y la entrega, una comunidad de élderes. 
Llevo años aprendiendo y sé que me queda mucho por aprender, y también que hay mucho trabajo por hacer. Tal vez el más difícil, el más peligroso para un ser todavía frágil e inseguro: salir de la complacencia, abandonar la guarida en la que fácilmente me reconozco como uno más de los nuestros, de los buenos, los que tienen las respuestas, los que saben cómo podría ser un mundo más justo y solidario, los que se ven en la vanguardia de una revolución social, política, de conciencia, y lanzarme al vacío de la indiferencia de la gente, de una cotidianidad que se muestra terca en hábitos y costumbres, de una soledad que acecha en cada desencuentro. Yo estoy por recorrer el camino, por adentrarme en los peligrosos lugares del desatino, por aprender la lengua de quien me rechaza, y ojalá que entonces, desde el miedo de quien se siente desprotegido y solo, sea capaz de decir ‘te quiero’. 

5 may. 2014

Alumbrando un nuevo mundo

Durante mucho tiempo he defendido mi ser allá donde he ido, he reafirmado mi identidad una y otra vez, dejando claros mis principios, mis ideas, mi manera de hacer las cosas o de ver el mundo. He levantado mi voz en reuniones, asambleas, encuentros de todo tipo, muchas veces con fuerza, algunas con arrogancia. Y me he enfrentado a quien quiso llevarme la contraria, a quien planteaba otra forma de ver o de hacer. No me ha importando hablar duro cuando ha sido necesario, ni me he preocupado por las consecuencias de ello. Siempre me pareció que estaba defendiendo una causa, aportando luz a una verdad que a muchos se les escapaba, exigiendo justicia por los errores de otros… Sin darme cuenta que sobre todo me estaba agotando, perdiendo energía vital en convencer, imponer o conseguir algo a toda costa. Me siento cansado de tanta lucha, tanta resistencia, tanto esfuerzo por modelar el mundo según una idea que no debí haber hecho mía. Aunque no siempre lo consigo, ahora quiero escuchar, comprender, conectar, saber quién es el otro, más allá de lo que dice o hace, refrenando esa parte de mi que querría contestar rápido y corregir a quien ’se equivoca'. Ahora me gustaría hablar desde donde no sé, desde aquello que se despierta al escuchar la voz temblorosa del otro, construyendo sobre las aportaciones de todos, dando forma a algo que emerge lentamente de un diálogo ininterrumpido en el que todas las voces tienen cabida, alumbrando un mundo que cocreamos entre todos. Y me gustaría encontrar personas que estén dispuestas a hacer lo mismo, a dejar a un lado saberes fosilizados en una memoria traicionera, a arriesgarse a descubrir un camino compartido que no sabemos dónde nos lleva, a convivir con la posibilidad de equivocarse y con la frustración que ello genera, y a seguir adelante, sin dejar de mostrar por ello una sonrisa, sin olvidar una caricia, sin perder la confianza en ese futuro en el que cabemos todos, absolutamente todos los seres de este mundo. Bueno, algunas de estas personas ya hace tiempo forman parte de mi vida. ¡Y me siento muy feliz por ello!