28 nov. 2014

Conciencia esperanza

Hubo un tiempo en que personas brillantes creyeron que la mente era un concepto vacío, inabordable desde una ciencia estricta. Sólo cabía estudiar los pensamientos dichos y escritos y los comportamientos visibles de las personas. El resto eran meras especulaciones metafísicas sin sentido. Otras personas igualmente brillantes llegaron más tarde para contradecir las anteriores. Claro que se podía estudiar la mente, dijeron. El ordenador, con su parte dura, sus circuitos integrados, y su parte blanda, sus programas, es un modelo perfecto para la mente, con una parte dura, el cerebro, y una parte blanda, que sería ¿qué, exactamente? La respuesta a esta pregunta, desafortunadamente, no estaba tan clara.

En la actualidad personas tan brillantes como las anteriores nos dicen que no hay que confundir mente y cerebro, ya que aunque el cerebro, en realidad todo el sistema nervioso, juega un papel relevante en lo que pueda ser la mente, no es posible reducir la mente a simples conexiones neuronales. ¿Qué nos dicen entonces de la mente? Muchas cosas, tal vez la más relevante sea afirmar que la mente no es una ‘cosa’ sino un proceso autorregulador emergente en un sistema dinámico cuyas componentes son… las diferentes partes de nuestro cuerpo y el conjunto de nuestras relaciones externas. Esto es, que el cuerpo es inseparable de la mente (mente corporeizada), como lo son las relaciones que mantenemos con nuestro entorno social y ambiental (mente extendida). El papel de la mente en este sistema dinámico y cambiante, que es nuestro cuerpo y nuestras relaciones, es regular el flujo de información y energía que nos atraviesa, y que fluye tanto desde dentro como desde fuera. Todas las actividades mentales cumplen esta función básica reguladora, cuyo principal objetivo es que nosotros, afortunados seres humanos dotados de mente, estemos bien. 

Como supongo que no es fácil reconocer las consecuencias de esta nueva visión de la mente, creo que es mejor hacerlas explícitas: todo lo que pasa en nuestro cuerpo y todo lo que pasa en nuestras relaciones influye en nuestros procesos mentales, en nuestras emociones, pensamientos, creencias, actitudes, intenciones, sueños, memorias, creatividad, etc. Y eso incluye el aire que respiramos, el agua que bebemos, la comida que comemos, el paisaje que vemos, las cosas que leemos, los sonidos que escuchamos, el ejercicio físico que hacemos, el tiempo que dedicamos a nuestros amigos, las relaciones que mantenemos con nuestra pareja, con nuestra familia, o en nuestro trabajo, la manera en que nos comunicamos, el lugar o lugares en los que ponemos nuestra atención, el tiempo que dedicamos al silencio, interior y exterior… La mente recoge toda esta información y la siente, la piensa, la clasifica, la almacena, la recuerda, la revive, la rehace, la reenvía, la proyecta, la modula… Todo para ayudarnos a conseguir nuestros objetivos, satisfacer nuestras necesidades y, en definitiva, estar bien. Aunque, en realidad, hay que decir que la mente hace lo que puede, pues una importante parte de toda la energía e información que nos llega es, sencillamente, dañina, producto de una sociedad industrial, explotadora y destructiva, que apenas siente interés por esa parte de la mente llamada inteligencia. Igual que es dañina la manera en que la mente regula dicha información, siguiendo patrones aprendidos (hábitos, esquemas, costumbres) demasiado rígidos, sin la flexibilidad necesaria para afrontar situaciones nuevas o cambiantes, o demasiado disolutos, sin la capacidad que se requiere para marcar un camino y seguirlo.

Afortunadamente, la mente humana cuenta con una baza oculta llamada conciencia, para muchos un sofisticado dispositivo evolutivo que nos permite observar a nuestra propia mente en acción, tener una experiencia directa de lo que nos pasa por dentro, y con cierta capacidad de control sobre las actividades mentales. Además parece ser que esta conciencia evoluciona, cambia con el tiempo, cambia con la gente y la cultura, influye de diferente forma en los procesos mentales, y propicia incluso nuevas formas de regulación mental, como son hablar y pensar desde el corazón, o desde un lugar que conecta con la sabiduría de todo un grupo; empatizar con otras personas, con otros seres vivos, o con la propia naturaleza; estar con lo que surge y es en cada instante, sin deseo ni juicio; sentir y vivir la vida con plenitud, con ecuanimidad, desde el amor y la compasión infinita. 

Todo un regalo. Y sin duda nuestra mejor esperanza.