1 dic. 2015

Fronteras políticas

Nunca me he sentido a gusto con las fronteras políticas, aun cuando una vez me declaré una persona fronteriza. Las fronteras naturales y culturales son lugares mágicos, cargados de energía, abiertos a influjos muy diversos. Al atravesar una frontera una persona puede sentir incertidumbre o cierto temor ante lo desconocido, a la vez que se nutre de una corriente profunda que recorre sin cesar el tránsito entre ambos mundos. De un lado a otro nos esperan otras gentes, otras palabras, otras costumbres, otras forma de estar y relacionarse, un paisaje moldeado diferentemente por el clima y las costumbres humanas… Fronterizas son las personas que prefieren vivir en los límites de cualquier sistema, que inventan sus propias normas y prácticas, que incorporan palabras de aquí y allá en su expresión cotidiana, que no se conforman con ningún saber ni poder establecido. Las fronteras políticas son otra cosa, básicamente un apropiamiento de un territorio por un grupo de personas que dice tener derechos sobre él. Nunca me han gustado, durante siglos han sido la causa de innumerables guerras, también son cárceles para algunas personas que no pueden huir de su miseria, o condominios de lujo para quien no quiere compartir sus privilegios. “No existe nada más odioso que las fronteras —decía ya en 1918 Herman Hess—, nada más estúpido. Mientras reina el buen sentido no nos percatamos de su existencia y sonreímos ante ellas, pero en cuanto estallan la guerra o la demencia, se convierten en importantes y sagradas. ¡Y entonces se convierten en tortura y prisión, para nosotros, los caminantes!” Para nosotras, las personas fronterizas, para quienes no creemos en dogmas ni en verdades absolutas, para quienes la humanidad es una y la Tierra nuestra casa.

5 sept. 2015

Mind in life

Mind in life es el título de un libro que estoy leyendo en estos momentos y que ha sido escrito por Evan Thompson, colaborador de Francisco Varela y coautor de la teoría enactiva de la mente. Esta teoría afirma algo bien sencillo: donde hay vida hay mente, incluso en su forma más compleja la mente pertenece a la vida. Todos los seres vivos, desde la célula más simple al sofisticado ser humano, tienen por tanto mente, o mejor dicho, realizan actividades que se pueden llamar mentales. No es necesario disponer de un cerebro para aprender y responder ‘inteligentemente’ a las demandas de un entorno cambiante, basta tener un ‘cuerpo’ capaz de organizarse autónomamente y de relacionarse (en)activamente con el mundo. El cerebro sólo aparece cuando la vida se pone en movimiento, es un elemento básico para la coordinación de percepción y acción. El sistema nervioso del que disponen algunos seres vivos añade complejidad a la mente, pero no cambia su esencia. No ‘controla' el cuerpo ni el comportamiento. Se trata de un sistema autónomo que se dedica a generar y mantener sus propios patrones de actividad de manera coherente y significativa, a partir de la información que le llega desde el propio cuerpo y de las relaciones que establece dicho ser vivo con el mundo. Toda actividad mental (percibir, pensar, sentir, imaginar…) es el resultado emergente de recurrentes patrones de actividad que implican al cerebro, al cuerpo y al mundo. “Mental life is bodily life and is situated in the world”, afirma Thompson. Por otra parte, ese mundo que percibimos y con el que nos relacionamos no es en realidad algo externo y dado objetivamente, no es algo que podamos representar internamente en nuestra mente (tampoco es algo ficticio o irreal). Es más bien un dominio relacional, diferente para cada ser vivo, recreado en cada instante, en cada interacción que dicho ser vivo mantiene con él. Los seres humanos, todos los seres vivos, todos los seres, cocreamos el mundo en cada instante, con cada decisión que tomamos, con cada paso que damos, con cada acción, cada encuentro. Nos hacemos a la vez, el mundo y nosotros, el mundo nos hace y nosotros hacemos el mundo, en un proceso espiral en el que en cada vuelta la conciencia se expande y el espíritu se manifiesta.

30 jun. 2015

Serenidad

Siempre viene bien un poco de serenidad, un horizonte limpio y sin nubes en la raíz de la palabra, un alma tranquila, apacible, límpida, en su significado moderno. No es extraño que nuestro horizonte interno esté cargado de nubarrones, ideas no contrastadas, prejuicios, apegos, recuerdos emocionalmente activos, expectativas imposibles…, que nos llevan a actuar desde el temor a ser destruidos por nuestra tormenta interior, sin poder ver qué hay más allá de lo inmediato, y a buscar refugio rápido en patrones tan conocidos como inútiles, cuando no perjudiciales, aferrándonos a ideas que una vez hicimos nuestras sin cuestionarnos si todavía nos sirven. De hecho, casi siempre actuamos desde ahí, desde el temor a la gran nube gris que cubre nuestra visión profunda. Un alma serena es un alma abierta a la inmensidad azulada de un cielo y un mar en la que todo se diluye, todas las ideas, pasadas, presentes y futuras. Es un alma abierta a la nada, a ese espacio vacío en el que todo es posible, y del cual emerge todo lo que es. Encontramos serenidad adentrándonos en silencio en un bosque profundo, contemplando el cielo en una noche estrellada, escuchando el rugir de las olas junto al mar, o simplemente cerrando los ojos y respirando, sintiendo que estamos vivos.

3 jun. 2015

Notas sueltas sobre la idea de participación

En todo grupo u organización, en una sociedad cada vez más global y enredada, la participación es importante al menos por dos razones: Como necesidad individual la gente quiere que su voz sea escuchada y tenida en cuenta a la hora de tomar decisiones que les afectan. Y como necesidad colectiva, los grupos necesitan suficiente diversidad para generar procesos indagatorios y decisorios creativos e innovadores, capaces de dar respuesta a los difíciles y complejos retos que se les plantean.

A nivel individual se debe distinguir entre la necesidad de pertenencia y la necesidad de participación. La primera es una de las necesidades más básicas del ser humano, tan antigua como él mismo. Ser parte de un grupo, ser aceptado y reconocido por sus miembros, recibir afecto y poder dar afecto, todo ello ayuda a conformar nuestra identidad social, a sentirnos cómodos en un yo que se nutre y crece en la relación que mantiene con otros individuos de un mismo grupo. Por el contrario, la necesidad de participación es más reciente, e implica un salto de conciencia desde un individuo al que le bastaba con 'ser parte', con ser aceptado y acogido, a un individuo que quiere además 'tomar parte' en las decisiones colectivas y que su voz sea escuchada y tenida en cuenta en procesos decisorios a poder ser transparentes e inclusivos. Si antes las decisiones eran exclusiva de líderes y poderosos, el individuo participante reivindica ahora la creación de espacios de participación en los que quepan todas las voces, en los que todos puedan aportar sus conocimientos y experiencias, y en los que algo nuevo puede emerger. Pero así como todo el mundo necesita afectivamente ser parte de algún grupo, no todo el mundo necesita participar activamente en la toma de decisiones, y menos cuando el espacio decisorio se basa exclusivamente en el uso racional de la palabra, algo que no es fácil para mucha gente y que genera diferencias insalvables. Otras formas de participación son necesarias.

La necesidad de participación es reciente porque depende de un individuo consciente de su poder, consciente de su capacidad para influir en procesos relevantes para el y para el grupo del que forma parte, consciente de que el grupo necesita de su participación. Esta conciencia no ha existido a nivel masivo hasta hace relativamente poco, y su aparición coincide con la creciente complejidad de los procesos sociales y la consolidación de los valores democráticos. A lo largo de la historia del ser humano, las decisiones han estado en manos de líderes, más o menos democráticos, más o menos elegidos, pero siempre con el poder para hacerlas cumplir, fuera cual fuera la decisión, aunque hubiera que recurrir a la fuerza para ello. En la actualidad este tipo de liderazgo no sirve, incapaz de dar respuesta a los retos que plantea la complejizacion del sistema social. No es por casualidad que cuando los grupos y organizaciones humanas requieren más participación para afrontar los retos a los que se enfrentan, las personas van ganando conciencia de su ser como individuos participantes, empiezan a reconocer su necesidad de participación, de mostrarse activos en aquellos procesos de los que forman parte.

La necesidad de participación, individual y colectiva, desafortunadamente no va acompañada de un saber sobre cómo participar o cómo generar una participación mayor o de más calidad. Habituados a patrones de no participación, a espacios en los que las decisiones se toman por la fuerza, por quienes tienen poder, o por votaciones en las que una mayoría se impone sobre una minoría apenas considerada, cuando no por la intervención de un tercero que dirime entre partes enfrentadas, personas y grupos reproducen inconscientemente los mismos esquemas de dominación encubierta o control de la mayoría en un intento desesperado de “resolver” situaciones difíciles en espacios que inicialmente quieren ser más participativos e inclusivos. En este contexto, la facilitación de grupos es una herramienta que pretende dar respuesta a la necesidad de los grupos de mejorar sus procesos decisorios e indagatorios y alcanzar resultados que satisfagan por igual los objetivos del grupo y los diferentes intereses de sus miembros. 

1 jun. 2015

Entrevista

Entrevista aparecida en el diario Noticias de Gipuzkoa, el 20 de mayo de 2015



“Camino se hace al andar”, el título de su libro, es una constatación poética. ¿Cómo se traduce a la práctica?

La idea obvia detrás de un título así es que las personas creamos nuestro destino conforme caminamos hacia él, no hay una meta esperándonos o no la conocemos, y lo que importa es cómo hacemos el camino. En la práctica implica ganar más consciencia de las consecuencias de nuestros actos, sobre todo ahora que sabemos que la suma de millones de pequeños actos cotidianos tiene una repercusión enorme en el planeta. Hablo de cosas tan sencillas cómo cerrar el grifo de agua mientras lavamos los platos, apagar las luces que no utilizamos, dedicar tiempo de calidad a la familia y los amigos, utilizar el transporte público, pasear más, poner atención en dónde guardamos nuestros ahorros, saludar a nuestros vecinos, resolver las diferencias a través del diálogo, fomentar una actitud positiva ante la vida, etc. 

El Camino del Elder es una transformación total de valores.  ¿Cree de verdad que puede lograrse por personas acomodadas a los valores al uso?

A diferencia del líder que nos enseña un camino, el élder nos invita a hacerlo juntos. No nos dice dónde debemos ir sino cómo podemos organizarnos para que podamos encontrar el camino entre todos, a partir de lo que cada uno aporta, respetando la diversidad y la diferencia. El élder ánima y sostiene el espacio de participación de un grupo, o de la sociedad en su conjunto, invitándonos a escuchar todas las voces, a ganar consciencia de las inevitables diferencias de poder que se dan en todo grupo para que no sean causa de abusos, marginación y exclusión. Sus valores son modernos y antiguos. Habla de solidaridad, apoyo mutuo, cuidado, escucha, respeto, conciencia, etc. Todos estos valores forman parte de la larga tradición humanista que define nuestra cultura y que está recibiendo un gran impulso en la actualidad. Ciertamente se opone, o mejor dicho, intenta superar, una idea más individualista, utilitarista o instrumental del ser humano que también está presente en nuestra cultura desde hace unos 150 años, que ha sido valiosa durante un tiempo, pero que ahora mismo es incapaz de encarar adecuadamente los grandes retos que debe afrontar la humanidad, en sociedades cada vez más complejas.

Explique de manera convincente y realista su escala de valores para mejorar la calidad de vida.

Como decía el élder habla de solidaridad y apoyo mutuo, de cuidar las personas y la tierra, de escucha empática y respeto por la diferencia, de ganar conciencia en todo lo que hacemos. Por más esfuerzos que se hacen, la desigualdad social y económica no deja de crecer en todo el mundo. Numerosos estudios demuestran que la desigualdad es un importante factor en la pérdida de calidad de vida general de un país, influyendo en la salud física y mental de las personas, en el nivel de estrés social, en una menor productividad económica, etc. Esto quiere decir que los esfuerzos realizados no son suficientes, que no basta con medidas políticas simples, es necesario llegar al nivel de los valores de la gente a través de la educación y de la difusión de modelos de vida y trabajo que lo están haciendo bien. 

 Individuo versus comunidad. ¿Es la utopía?

Los seres humanos no hemos dejado de proyectarnos nunca hacia el futuro, definiendo numerosas formas de utopía a lo largo de la historia. Finalmente el resultado de lo que hemos sido capaces de crear juntos depende de numerosos factores, algunos de los cuales ni siquiera podemos controlar. La formación y desarrollo del individuo moderno ha sido un largo proceso de varios miles de años que tiene como principal valor el reconocimiento de todas las personas por lo que son, seres humanos, con iguales derechos y oportunidades. Debemos estar agradecidos por ello. Con todo, es bien posible que estemos entrando en otro largo ciclo de la historia en el que puede no tener sentido seguir aumentando la idea de la libertad individual, de sumar más derechos a un individuo que ya tiene muchos. La comunidad surge en este contexto no para limitar derechos de las personas, sino para proponer un salto en la manera de ver las cosas: juntos podemos más, podemos llegar más lejos, resolver problemas que no tienen solución desde la perspectiva individualista. Necesitamos la sinergía que se da entre las personas cuando se les permite participar libremente en proyectos cooperativos, necesitamos la fuerza y el poder de grupos, organizaciones y comunidades bien cohesionadas y dispuestas a trabajar por objetivos comunes definidos entre todos. Es casi una exigencia evolutiva. 

Cuénteme cómo un profesor de Matemáticas llega a la conclusión creativa de regenerar el medio rural.

En los inicios de mi camino personal, y tras muchos años de vivir en una ciudad, pensé que necesitaba reconectar con la naturaleza y con una forma de vida más sencilla, más apegada a lo rural. En la actualidad mis necesidades y mi propia visión ha cambiado. Me interesa más el tema relacional, el cómo podemos crear grupos, organizaciones y comunidades más sostenibles desde el punto de vista social, capaces de organizarse internamente a partir de la sabiduría que tenemos entre todos y de decidir colectivamente nuestro futuro, no dejándolo en las manos de los poderosos sino asumiendo nuestro poder, nuestra capacidad de cambio.

¿Qué van a aprender quienes asistan a su taller? ¿Y en qué consistirá?

El Camino del Élder es un camino de transformación personal y colectiva. Ofrece herramientas para que los grupos, organizaciones y comunidades se organicen mejor, mejoren sus procesos internos de funcionamiento, especialmente a la hora de tomar decisiones y gestionar los conflictos, y consigan así mejorar sus resultados, reforzando su resiliencia y capacidad de adaptación a un entorno cada vez más complejo y en permanente cambio. Y también ofrece indicaciones para desarrollar habilidades personales, sobre todo en relación con la capacidad de escucha y el uso de una comunicación más asertiva y empática, el reconocimiento de nuestros roles habituales y cómo podemos cambiarlos, ganar conciencia del poder que tenemos y cómo abusamos sin querer de él, abandonar el victimismo como estrategia y desarrollar una actitud más creativa ante la vida, etc. En este taller de introducción se presentan las herramientas y técnicas y se invita a los participantes a empezar a desarrollar algunas de estas habilidades. Todas las herramientas y propuestas de trabajo personal están fundamentadas en investigaciones actuales enmarcadas en la teoría de los sistemas complejos, incluyendo ideas que proceden de la psicología social y la dinámica de grupos, de la filosofía y de las neurociencias. 

30 abr. 2015

Nada, no saber nada

Nada, no saber nada, no pretender saber nada, observar el vacío que atraviesa el instante y dejarse llevar por el flujo de las cosas con la extraña sensación de quien se siente en paz. Y ¿qué hacer entonces ante tanta injusticia presente en el mundo, tanta miseria y destrucción? ¿Debemos quedarnos parados y contemplar en silencio horrores y desastres que acompañan el devenir del ser humano en la Tierra? Nada, no saber nada, no pretender siquiera que tenemos respuestas para estas inquietantes preguntas. Si el flujo de la vida nos lleva a resistir, resistamos con la conciencia anclada en lo que está vivo en cada instante, mientras nos abrimos a un futuro que emerge sin contornos claros, sin el apego a un saber que siempre es incompleto. Si nos lleva a liderar, seamos buenos líderes, mostremos un camino que poder seguir sin la certeza de que sea el único camino, abiertos a la exploración compartida, a la diversidad de voces que nos acompañan. Si nos lleva a contemplar, hagámoslo con la suficiente compasión para no desdeñar a quienes resisten o lideran, a quienes se expresan en público o se quejan en silencio. También son hijos del silencio. Nada, no saber nada, quedarse sin referencias ni modelos, sin ideas fijadas en recuerdos pretéritos o en expectativas que tal vez no lleguen nunca, ¡qué maravilloso lugar para reencontrarse con el ser humano!

5 mar. 2015

Igualdad y diferencia

Con el tiempo, igualdad y diferencia se han ido relevando dos conceptos clave en mi vida, mostrándose claramente en su equivocidad a la par que iba comprendiendo poco a poco su significado. Hoy sé que las cosas pueden ser iguales y diferentes sin entrar por ello en contradicción. Y que muchos de los conflictos que tenemos las personas tienen que ver con la presencia de una diferencia vivida como amenaza junto con una incapacidad para reconocer la igualdad esencial que la sostiene. Comprendí que la diferencia no se nos presenta inmediatamente, sino que es algo que los seres humanos captamos poco a poco. Necesitamos hacernos sensibles a la diferencia para poder sentirla y eso sólo se consigue exponiéndonos a ella una y otra vez, amplificando los gestos y señales hasta alcanzar un umbral en el que la diferencia se hace visible. Por eso, la diferencia que duele es aquella que tenemos cerca, aquella de la que no podemos escapar fácilmente. La otra la llamamos exotismo, algo por lo que tenemos curiosidad. Más tarde, a veces mucho más tarde, la diferencia se hace concepto, se nombra, entra a formar parte de los relatos que sostienen un grupo, una cultura. A veces para acogerla, pero en general para marginarla. Y todo porque la diferencia nos interpela en lo más profundo de nuestro ser, cuestiona nuestra identidad y nos obliga a abandonar nuestra zona de confort, a reconsiderar nuestras creencias, a revisar nuestras acciones. Resulta sin duda más fácil negarla, marginarla o incluso eliminarla.
Afortunadamente los seres humanos también podemos seguir un proceso contrario. Podemos penetrar en la diferencia y llegar a la esencia de la que emerge. Podemos desprendernos intencionadamente de aquellos patrones culturales que nos llevan a vivir la diferencia como amenaza y empezar a sentir como uno y el mismo el flujo de energía y materia que nos atraviesa y que da forma a todo lo que existe. Podemos suspender por un momento una verdad que nos aleja de la gente y dejar espacio en nuestro ser para acoger lo diferente como manifestación de una verdad mayor por llegar. Si la sensibilidad es la puerta a la diferencia, la intención consciente es el principio de la unidad que sostiene y posibilita toda diversidad. Con voluntad los seres humanos podemos abrir nuestra mente y nuestro corazón hasta acoger con respeto y cuidado toda diferencia, y vivir la vida desde un lugar que nos permita reconocernos en todo lo que es, un lugar que no excluye a nada ni nadie, un lugar que reconoce el valor de ser humano, el valor de la vida, el valor de todo lo que existe. Ese ha de ser nuestro próximo paso.

31 ene. 2015

Movimientos, redes y organizaciones

En la sociedad se generan poderosas fuerzas que nos afectan a todos y que mueven a veces a millones de personas. Estas fuerzas actúan en el nivel secundario del campo social, esto es en un nivel que pasa desapercibido a los propios actores sociales hasta que ocurre algo que les da visibilidad. En la terminología del pensador francés Deleuze, el momento crítico en que miles de personas cambian sus comportamientos habituales para dar salida a fuerzas mayores que llevan tiempo actuando en un nivel secundario se conoce como un ‘acontecimiento’ (événement). 

Un acontecimiento es algo inesperado, imprevisible. Desde la perspectiva de los sistemas complejos, diríamos que el sistema atraviesa una bifurcación, un punto en el que pierde su estabilidad para reconfigurarse de otra manera más acorde con el nuevo orden de fuerzas que se crea. En general, la duración de un acontecimiento es relativamente corta, dependiendo de la intensidad de las fuerzas que lo generan. Un acontecimiento es inesperado, imprevisible e improvisado cuando surge. Aunque a partir de cierto momento, lo improvisado tiende a organizarse, a ganar una forma que le permita canalizar positivamente la energía que lo acompaña. El acontecimiento transmuta entonces en movimiento, en un conjunto de propuestas organizadas de cambio social, sostenidas por cientos o miles de personas que creen en ellas.

La historia reciente de este país (España) nos muestra varios acontecimientos sociales de cierta envergadura, destacando entre todos el 15 M, la ocupación pacífica de las plazas en muchos pueblos y ciudades, llevada a cabo por ciudadanos cansados de la mala gestión política de los últimos años. Este acontecimiento fue el origen de un profundo movimiento de regeneración democrática que ha dado lugar a varias organizaciones, algunas tan importantes como Podemos.

No tan impactantes ni con tanta presencia mediática, pero igualmente valiosos desde una perspectiva regeneradora de la sociedad, serían el movimiento por una economía más social y solidaria, el cual, aún contando con una larga historia en este país, adquirió un gran impulso con la propuesta de Christian Felber sobre una Economía del Bien Común. O el movimiento por un diseño sostenible de los espacios habitados, fruto de diversos acontecimientos de carácter internacional, que incluyen la creación y difusión de la Permacultura, concepto ideado por Bill Mollison y David Holgrem en 1978, y la creación en 1995 de la Red Global de Ecoaldeas, todo lo cual condujo a la creación de la Red Ibérica de Ecoaldeas en el año 1998.

Aunque las fuerzas subyacentes que dan lugar a estos movimientos tienen una fuerte componente emocional, esto es son en gran parte resultado de emociones colectivas que se generan como consecuencia de procesos organizativos deficientes, cuando no injustos u opresivos, también producen abundante información y recursos materiales que se extienden por todo el campo social a gran velocidad, condicionando o modificando la forma de pensar y de ver el mundo de muchas personas. En todo acontecimiento social, y el movimiento que le sigue, se produce, se consume y se recodifica una enorme cantidad de información que atraviesa, emocional y cognitivamente, a las personas que forman parte de él, y en general a la sociedad en su conjunto. 

Esta información nos llega en intercambios directos con otras personas implicadas, en la lectura de artículos y libros escritos sobre el tema, en la visión de vídeos y otros materiales gráficos…, nos llega a través de nuestros amigos y conocidos, a través de boletines y revistas afines, de los medios de comunicación de masas, de las redes sociales virtuales…, nos llega como una voz única y monótona que se presenta como la verdad de lo que ocurre, o como un batiburrillo de voces diversas cargadas de visiones parciales de la realidad. Las personas recibimos esa información y asimilamos la que podemos, la hacemos nuestra, la amplificamos o la matizamos, contribuimos a producir nueva información o simplemente la usamos para modificar nuestras emociones, pensamientos y conductas.

Una red, en su sentido más amplio, no es más que una forma de conceptualizar el flujo continuo de información y recursos que acompaña todo movimiento social. Las personas y los grupos son nodos en la red, pero no se trata de nodos pasivos que simplemente reciben información, energía o recursos. Por su capacidad de regular y modificar el flujo informativo que les llega, amplificándolo, modificándolo creativamente, produciendo nueva información y nuevos recursos, personas y grupos son también agentes de cambio social. 

La red es la base de la vida. Ningún ser vivo puede vivir aislado de los demás. Todo ser vivo forma parte de importantes redes por las que fluyen energía, nutrientes o recursos que utilizan para seguir vivos, para asegurar o mejorar su bienestar. Los seres humanos no somos una excepción. Formamos parte de múltiples redes gracias a las cuales podemos satisfacer importantes necesidades básicas, fisiológicas, emocionales, identitarias o espirituales. La red de productores y consumidores de productos ecológicos, por ejemplo, es una red formada por un número creciente de personas que incluye agricultores, repartidores, comerciantes, productores de alimentos elaborados, organismos acreditadores, comunicadores, investigadores y, por supuesto, consumidores. Como miembro consumidor de esta red, me alimento con productos ecológicos y sostengo un conjunto de creencias sobre el valor de una alimentación sana y ecológica que me definen como persona y que forman parte de mi identidad social. Como miembro activo contribuyo a generar y difundir información que resalta las ventajas de una alimentación sana, equilibrada y sostenible. Esta red informal, que cubre todo el campo social, se materializa en montones de grupos, asociaciones y organizaciones, más o menos formales, que la sostienen y le dan visibilidad social.

Las redes nos sostienen, las redes nos hacen, pero los seres humanos también hacemos las redes con nuestra particular contribución. Las redes son el espacio en el que desarrollar nuestros sueños, nuestro potencial expresivo. Normalmente esto no lo hacemos solos, lo hacemos en grupo y para ello creamos proyectos y organizaciones. 

Un movimiento social es, en palabras de Turner y Killian (Collective Behavior, Prentice Hall, 1987), “un conjunto de personas que actúa con cierta continuidad para promover un cambio en la sociedad o grupo del que forma parte”. Un cambio que surge o se ve impulsado por la acción de ‘acontecimientos’ esporádicos e imprevisibles, fruto de importantes fuerzas conflictivas que actúan en el nivel secundario de todo grupo. Unas personas que, convertidas en agentes de cambio, actúan como nodos activos de una red por la que fluyen afectos, informaciones y todo tipo de recursos. Y, unas personas que crean organizaciones con el doble fin de dar salida a su potencial expresivo individual, satisfaciendo así importantes necesidades personales, y de desarrollar y dar forma a una visión colectiva en permanente proceso de definición. 

Es importante no confundir movimiento, red y organización. En el contexto de este artículo, una organización, sea una pequeña asociación cultural, una fundación, un emprendimiento económico, una organización no gubernamental o un organismo público, es la forma en la que se expresa un movimiento, un conjunto limitado de personas y recursos de la red que lo sostiene. En ningún caso una organización concreta puede pretender ser toda la red o todo el movimiento. Una organización puede aspirar a llegar a toda la red con sus propuestas y servicios, pero eso no le debe llevar a confundirse con el movimiento, que no tiene dueño ni se halla sometido a ninguna forma u organización particular. En el ejemplo citado anteriormente del movimiento por una alimentación sana y sostenible, cabe imaginar numerosas organizaciones diferentes actuando cada una con fines propios, a la vez que todas juntas conforman la visión y propósito del movimiento: iniciativas más o menos grandes de productores ecológicos, distribuidores y repartidores, tiendas y puntos de venta, asociaciones de consumidores, entidades de certificación, organismos públicos competentes, etc. Todas estas organizaciones dan forma al movimiento, todas son necesarias para su máxima expresión, a la vez que ninguna de ellas lo define por sí sola. Y lo mismo puede decirse en el caso del movimiento de regeneración democrática anteriormente comentado. Un partido político por sí solo no representa todo el movimiento, aunque pueda servir para encauzar las preferencias políticas de sus miembros. Asociaciones civiles, investigadores, grupos de vecinos, medios de comunicación…, todos ellos son formas en las que el movimiento se reconoce y se expresa. Y como ocurre con los ecosistemas vivos, cuanto mayor sea la diversidad de formas y propuestas expresivas, más sólido y resiliente será el movimiento.

Desde la perspectiva de los sistemas complejos, podemos definir una organización como “un sistema dinámico, complejo y adaptable, que interactúa con sistemas más pequeños en su interior (miembros, equipos, departamentos…) y con sistemas mayores en los que está inmersa (una organización mayor, una comunidad o la sociedad en su conjunto). Las organizaciones tienen fronteras difusas y semipermeables que tanto las separan como las conectan con sus miembros y el entorno en el que se hallan. Como sistema, una organización está formada por las personas que la integran (miembros), por las tareas que debe llevar a cabo para alcanzar su misión y visión, y por los recursos (materiales, financieros, conocimiento, etc.) que necesitan para conseguirla” (Arrow et al. Small Groups as Complex Systems, Sage Publications, 2000).

La teoría organizacional más reciente nos presenta las organizaciones como sistemas vivos en ecosistemas sociales de interacción. Muchas organizaciones existen simplemente para regular el flujo rutinario de información y recursos que se da en todo ecosistema social. Pero en ocasiones se dan acontecimientos extraordinarios que cuestionan dicha regulación rutinaria, se ponen en marcha movimientos que aspiran a cambiar la manera en que el sistema social se autorregula en alguno de sus aspectos (leyes, trabajo, finanzas, educación, salud, comunicación, etc.), especialmente cuando dicha regulación es deficiente, excluyente u opresiva para muchas personas, que no tienen acceso a recursos básicos ni encuentran un cauce para expresar su voz y disconformidad. Estos movimientos se expresan y canalizan a través de múltiples organizaciones creadas por grupos de personas de diferente índole. Cada organización aporta algo y ayuda a su manera a reforzar la red  de información y recursos que sostiene un movimiento y que, en última instancia, alimenta todo el campo social. Por eso las organizaciones son necesarias, tanto como lo es la diversidad que conforma todo ecosistema vivo, en donde totalitarismo es sinónimo de extinción.