30 jun. 2015

Serenidad

Siempre viene bien un poco de serenidad, un horizonte limpio y sin nubes en la raíz de la palabra, un alma tranquila, apacible, límpida, en su significado moderno. No es extraño que nuestro horizonte interno esté cargado de nubarrones, ideas no contrastadas, prejuicios, apegos, recuerdos emocionalmente activos, expectativas imposibles…, que nos llevan a actuar desde el temor a ser destruidos por nuestra tormenta interior, sin poder ver qué hay más allá de lo inmediato, y a buscar refugio rápido en patrones tan conocidos como inútiles, cuando no perjudiciales, aferrándonos a ideas que una vez hicimos nuestras sin cuestionarnos si todavía nos sirven. De hecho, casi siempre actuamos desde ahí, desde el temor a la gran nube gris que cubre nuestra visión profunda. Un alma serena es un alma abierta a la inmensidad azulada de un cielo y un mar en la que todo se diluye, todas las ideas, pasadas, presentes y futuras. Es un alma abierta a la nada, a ese espacio vacío en el que todo es posible, y del cual emerge todo lo que es. Encontramos serenidad adentrándonos en silencio en un bosque profundo, contemplando el cielo en una noche estrellada, escuchando el rugir de las olas junto al mar, o simplemente cerrando los ojos y respirando, sintiendo que estamos vivos.

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