1 dic. 2015

Fronteras políticas

Nunca me he sentido a gusto con las fronteras políticas, aun cuando una vez me declaré una persona fronteriza. Las fronteras naturales y culturales son lugares mágicos, cargados de energía, abiertos a influjos muy diversos. Al atravesar una frontera una persona puede sentir incertidumbre o cierto temor ante lo desconocido, a la vez que se nutre de una corriente profunda que recorre sin cesar el tránsito entre ambos mundos. De un lado a otro nos esperan otras gentes, otras palabras, otras costumbres, otras forma de estar y relacionarse, un paisaje moldeado diferentemente por el clima y las costumbres humanas… Fronterizas son las personas que prefieren vivir en los límites de cualquier sistema, que inventan sus propias normas y prácticas, que incorporan palabras de aquí y allá en su expresión cotidiana, que no se conforman con ningún saber ni poder establecido. Las fronteras políticas son otra cosa, básicamente un apropiamiento de un territorio por un grupo de personas que dice tener derechos sobre él. Nunca me han gustado, durante siglos han sido la causa de innumerables guerras, también son cárceles para algunas personas que no pueden huir de su miseria, o condominios de lujo para quien no quiere compartir sus privilegios. “No existe nada más odioso que las fronteras —decía ya en 1918 Herman Hess—, nada más estúpido. Mientras reina el buen sentido no nos percatamos de su existencia y sonreímos ante ellas, pero en cuanto estallan la guerra o la demencia, se convierten en importantes y sagradas. ¡Y entonces se convierten en tortura y prisión, para nosotros, los caminantes!” Para nosotras, las personas fronterizas, para quienes no creemos en dogmas ni en verdades absolutas, para quienes la humanidad es una y la Tierra nuestra casa.